METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN
InvestigacionSocial  
 
  El Trabajo de Campo y los Métodos Cualitativos 22-08-2017 12:45 (UTC)
   
 

 

 
Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. 
Universidad de Barcelona [ISSN 1138-9788] 
Nº 57, 1 de febrero de 2000. 
EL TRABAJO DE CAMPO Y LOS MÉTODOS CUALITATIVOS. Necesidad de nuevas reflexiones desde las geografías latinoamericanas.
Claudia Pedone
Doctoranda en Geografía Humana
Universidad Autónoma de Barcelona


Resumen
El presente trabajo tiene por objetivo introducir los ejes y conceptos que orientan las discusiones más recientes en las cuestiones metodológicas del trabajo de campo y de los métodos cualitativos en la investigación, llevados adelante en geografía humana, principalmente en la escuela anglosajona.
La mayor parte de los autores consultados pertenecen a esta escuela e inscriben sus trabajos en las corrientes de las geografías radical, cultural o del género. A pesar de los compromisos políticos que orientan estas posturas y sus pretensiones de superar las contradicciones surgidas de las perspectivas cientificistas derivadas del neopositivismo -con sus limitaciones para la comprensión de los procesos sociales, culturales y políticos actuales-, algunos de los planteamientos conservan elementos del realismo-empírico y presentan dificultades para comprender los procesos que se desarrollan en diversos lugares de la periferia.
En esta contribución analizamos, en primer término, el estado del debate en torno al uso de los métodos cualitativos y cuantitativos, y, posteriormente reformulamos algunos de los problemas planteados por la escuela anglosajona mediante la recuperación de nuestra experiencia en el campo.


FIELDWORK AND QUALITATIVE METHODS. New thinkings needs from latinamerican geographies
Abstract
This paper wants to introduce some mainlines and concepts that orientate recents discussions in fieldwork and qualitative methodology research in human geography, specially in anglosaxon school.
Authors consulted belong to radical, cultural or gender geography or inscribe their work in these trends. In spite of their political comittment and their intention of overcoming contradictions risen from neopositivistic points of view - with their constraints for understanding actual social, cultural and political processes - some of their considerations not only preserve empirical-realistic elements but show difficulties for understanding processes that take place in perifery as well.
This paper analizes, firstly, the state of the debate around the use of qualitative and quantitative methods, secondly, it reformulates some of the problems discussed by anglosaxon school through our field experience.

EL TRABAJO DE CAMPO Y LOS MÉTODOS CUALITATIVOS.
Necesidad de nuevas reflexiones desde las geografías latinoamericanas.
El presente trabajo tiene por objetivo introducir los ejes y conceptos que orientan las discusiones más recientes en las cuestiones metodológicas del trabajo de campo y de los métodos cualitativos en la investigación, llevados adelante en geografía humana, principalmente en la escuela anglosajona(1).
La mayor parte de los autores consultados pertenecen a esta escuela e inscriben sus trabajos en las corrientes de las geografías radical, cultural o del género. A pesar de los compromisos políticos que orientan estas posturas y sus pretensiones de superar las contradicciones surgidas de las perspectivas cientificistas derivadas del neopositivismo -con sus limitaciones para la comprensión de los procesos sociales, culturales y políticos actuales-, algunos de los planteamientos conservan elementos del empirismo y presentan dificultades para comprender los procesos que se desarrollan en diversos lugares de la periferia(2).
En esta contribución analizamos, en primer término, el estado del debate en torno al uso de los métodos cualitativos y cuantitativos, y, posteriormente reformulamos algunos de los problemas planteados por la escuela anglosajona mediante la recuperación de nuestra experiencia en el campo.
Métodos cuantitativos y cualitativos: ¿una relación dicotómica, complementaria o una falsa disputa?
El interés por la cuantificación en las ciencias sociales, en general, y en la geografía, en particular, es de larga data, acentuándose a partir de la década de 1950. El abismo entre los métodos cuantitativos y cualitativos se presentó a través de una serie de dualismos, o como reflexionan C. Escolar y J. Besse (1996), "la falsa oposición entre técnicas cuantitativas y cualitativas sólo sirvió para delinear fronteras rígidas y plantear la opción por lo cuantitativo de manera dilemática y no problemática"(3).
Distintos autores identifican este dualismo en diferentes momentos del proceso de investigación. Mientras J. Brannen (1992) sostiene que las aproximaciones cualitativas permiten una visión del mundo más amplia que los enfoques cuantitativos, M. Hammersley (1992) presenta una lista de dicotomías entre los métodos cuantitativos y cualitativos en general (Cuadro Nº1); por su lado, B. Mostyn (1985) lleva estas dicotomías al nivel de las entrevistas cualitativas y cuantitativas.
Cuadro Nº1. Dualismos identificados entre métodos cualitativos y cuantitativos por Hammersley

Métodos Cualitativos
Métodos Cuantitativos
Datos cualitativos 
Escenarios naturales 
Búsqueda de conocimiento 
Rechazo a la ciencia natural 
Aproximaciones inductivas 
Identificación de patrones culturales 
Perspectiva idealista
Datos cuantitativos 
Escenarios experimentales 
Identificación de comportamiento 
Adopción de la ciencia natural 
Aproximaciones deductivas 
Consecución de leyes científicas 
Perspectiva realista
Entrevistas cualitativas
Mediciones cuantitativas (cuestionarios)
Muestra de tamaño pequeño 
Entrevistas extensas 
Muestreos no-aleatorios
Muestra de tamaño amplio 
Mediciones pequeñas 
Muestreo aleatorio

Fuente: Winchester, H. (1996), p. 119.
Philip (1998) conduce estos dualismos a una discusión más amplia, la que se establece entre la "subjetividad", asociada íntimamente a la investigación basada en la metodología cualitativa, y la "objetividad", con calidad de ley y de "verdad", como resultado de las investigaciones basadas en la cuantificación(4).
Más allá de la oposición generada en torno a estas posturas, los autores anteriormente mencionados sostienen que los datos no-cuantificables, basados particularmente en experiencias y actitudes, pueden dar una visión holística y derivar conocimientos y explicaciones causales. Sin embargo, mientras que en numerosas ocasiones los métodos cualitativos han sido vistos simplemente como un suplemento anecdótico, algunos investigadores, que hacen uso de los mismos, influidos por los criterios de validez de los métodos cuantitativos, desarrollan amplios procedimientos mediante los cuales intentan permanentemente justificar el tamaño de su muestra, el diseño del muestreo y los métodos analíticos (Winchester, 1996).
Ahora bien, desde la elaboración del dato, este tipo de justificaciones son fácilmente aplicables a los cuestionarios estructurados, los cuales pueden ser analizados cuantitativamente como ajustes a una realidad basada en observaciones empíricas(5). Pero, estos procedimientos, inscritos en la tradición positivista del empirismo, se tornan dificultosos e inadecuados cuando se intenta aplicarlos a las técnicas cualitativas de "bola de nieve" y de informantes claves. Autores como A. Sayer y K. Morgan (1985), J. Allen y L. Mc Dowell (1989) y L. Mc Dowell (1992), coinciden en que, si bien las entrevistas cualitativas pueden ser solamente un accesorio desde el punto de vista del empirismo en las ciencias sociales, en cambio son absolutamente esenciales desde el punto de vista del realismo crítico, ya que esta postura reconoce que las estructuras subordinadas son complejas y pueden ser diferentes de los hechos observados y de los discursos de los cuales emergen.
Desde el marco epistemológico empírico hegemónico, los trabajos basados en entrevistas han sido asociados a estudios de caso no generalizables, que no conducen a la explicación y sólo son reconocidos como técnicas complementarias de exploración y de contrastación. En este contexto, Winchester (1996) sugiere que esta forma de búsqueda permamente de la complementariedad, en realidad, subordina las técnicas cualitativas a metodologías cuantitativas y, de este modo, se mantiene y acepta el modelo hegemónico de ciencia.
Las ideas originadas en este debate planteado, como una dicotomía entre lo cualitativo y cuantitativo, o como una complementariedad signada por una relación de subordinación de lo cualitativo a lo cuantitativo, nos conducen a señalar nuestra desacuerdo con ambas posiciones.
Si bien los geógrafos cuantitativos han exagerado esta división y han impuesto la primacía de sus contribuciones sobre las de sus contrapartes cualitativas, no se puede negar que los geógrafos cualitativos también han censurado la cuantificación como inherentemente insensible y no imaginativa, además de atribuirle un rol no legítimo en la investigación sobre la población que habita en diferentes lugares. Asimismo, en años recientes, el nacimiento de una literatura que trata más sistemáticamente los métodos cualitativos en geografía humana, evidencia aún más esta separación, la cual se ha visto agudizada por una articulación mayor que la existente en las décadas de 1970 y 1980, entre la teoría socio-cultural y la rutina cualitativa del trabajo de campo (Philo, 1998). Es oportuno, además, puntualizar que en numerosos estudios, la metodología cualitativa cae en algunas de las limitaciones ya observadas en los métodos cuantitativos, al suponer la existencia de una única forma de abordar la realidad y proponer para todo tipo de investigación un conjunto de pasos prefijados, esta vez cualitativos, para llevar a cabo dicho objetivo.
La oposición absoluta, entre los métodos cuantitativos y cualitativos, es una falsa disputa. Frente a ella, abogamos por una complementariedad, pero en mayores términos de igualdad, puesto que la contrastación y verificación para probar la validez de nuestras investigaciones, deben ser propuestas por nosotros mismos, en cada caso específico, no quedando reservada ni a lo cuantitativo ni a lo cualitativo.
Como asevera Philip (1998), combinar métodos en un mismo proyecto de investigación puede ser ventajoso por una variedad de razones. Por ejemplo, el uso de más de una técnica en la recolección de pruebas ayuda a minimizar los riesgos de generar aseveraciones erróneas. Además, se puede llevar adelante la recolección del material y luego generar tanto datos cuantitativos como cualitativos.
Las prácticas de investigación implican permanentes tomas de posición y decisiones por parte de los investigadores; las técnicas, los métodos y la teoría, se constituyen en cada proceso de investigación y de acuerdo con las particularidades del objeto de estudio. Por tanto, las técnicas se encuentran subordinadas a la teoría en un proceso de construcción y subordinadas a los procesos de reformulación de la problemática de investigación, la cual orientará la selección de técnicas más apropiadas para construir datos (Escolar y Besse, 1996).
Al respecto, consideramos válida la propuesta de Philo (1998) al propiciar el debate en un número especial de la revista Environment and Planning(6). El autor es partidario de reconsiderar la distinción entre "cantidad y calidad" y de intentar la comunicación entre geógrafos cualitativos y cuantitativos.
Efectivamente, en la elección de técnicas es notorio el acercamiento. Por un lado, el rápido crecimiento del interés de los geógrafos cualitativos en la utilización de paquetes informáticos que faciliten un análisis más sistemático en la transcripción de las entrevistas en profundidad y de otros documentos textuales; por otro lado, la contraparte cuantitativa comienza a debatir en contextos políticos, sociales y culturales compartiendo los datos numéricos que ellos analizan, y consideran, además, las amplias implicaciones humanas en los hallazgos y mapas que aparecen en sus investigaciones.
Ahora bien, estos encuentros no son tan evidentes en relación con las posturas epistemológicas y metodológicas. Por ello, creemos en la necesidad de propiciar un debate profundo de ideas, puesto que hasta ahora los neopositivistas tienen ante sí cuestiones éticas y conceptuales que todavía no han resuelto y a las que es necesario responder, tales como el compromiso del investigador con la sociedad y sus posibles contribuciones para resolver los problemas actuales que se plantean en cada contexto a la luz de los procesos de globalización. El análisis de las contradicciones surgido en torno a lo cualitativo y cuantitativo, nos proporciona elementos para conocer el desarrollo y evolución de los métodos cualitativos, como veremos a continuación.
Metodología para la elaboración y organización del trabajo de campo
Un estado de la cuestión sobre los métodos cualitativos
La vasta literatura sobre el auge de los métodos cualitativos asocia su surgimiento al fracaso de los enfoques cientificistas, vinculados al neopositivismo, para analizar el significado del mundo social. Las premisas del positivismo, en general, son el fenomenalismo (la importancia de lo directo, inmediato y comprobable), el empirismo (la importancia de la observación), la libertad de valoración, la aplicación de un único método de comprobación de hipótesis y la construcción formal de teorías y leyes (Eyles, 1998). Estas premisas ingresaron en la teoría y práctica geográficas de la mano del neopositivismo en los años 50, y es entonces, cuando la geografía se define como ciencia espacial con un aparato de métodos y técnicas cuantitativas (Livingstone, 1992).
En la década de 1970 el neopositivismo, como una postura epistemológica predominante y el uso excesivo de las técnicas cuantitativas, recibe duras críticas desde diferentes perspectivas. La geografía radical, con una posición marxista, cuestiona a los geógrafos adscritos en la geografía locacional por refugiarse en el cálculo espacial y en la técnica geométrica y, de este modo no tener una activa participación política y, en el peor de los casos, trabajar para las estructuras del poder(7). Al mismo tiempo algunos geógrafos insisten en que el uso excesivo de los datos económicos y la clasificación cuantitativa ignoran las múltiples aristas de la experiencia humana, y defienden la subjetividad del sujeto como objeto de estudio. De este modo, la fenomenología cumple un papel decisivo en la introducción de métodos y técnicas cualitativas en nuestra disciplina.
Como consecuencia, surge la perspectiva de la geografía humanista que, en su intento de estudiar la intencionalidad de la acción humana, aborda el estudio del significado social del mundo vivido y centra parte de sus investigaciones en los lazos entre los individuos y el medio material, expresados en los lugares, insiste en la construcción social de los mismos y tiene en cuenta su carga emotiva, estética y simbólica (García Ballesteros, 1998). Estas corrientes revalorizan las metodologías cualitativas, a la luz de la reflexión de los antropólogos, y el uso que se ha hecho desde los primeros estudios de Boas y Malinowski, del trabajo de campo y la observación participante (Taylor y Bogdan, 1992).
En las décadas del ochenta y noventa, las geógrafas feministas, predominantemente de la escuela anglosajona, utilizan al género como una categoría básica de análisis, toman en cuenta los contextos sociales y seleccionan nuevos problemas y temas de estudio. En este contexto, repiensan categorías, definiciones y conceptos, a la vez que critican y revisan metodologías (Prats Ferret, 1999). Se genera un rechazo a la utilización de metodologías y técnicas derivadas de la postura neopositivista por considerarlas excluyentes, con un marcado acento en lo masculino que deja de lado a las mujeres (Janson y Monk, 1982, Mc Dowell, 1988; García Ramón, 1989; Mc Dowell, 1992; Sabaté, Rodríguez y Díaz, 1995).
También el discurso feminista pone énfasis en el compromiso ético y político por parte del investigador. Un foro de debate de estos temas ha sido la revista The Professional Geographer (1995), donde aparecen artículos de geógrafas feministas, que discuten no sólo la metodología, sino también los dilemas que ocasiona el trabajo de campo, la posición del investigador y, como veremos más adelante, el tema de la representación y la validez de los hallazgos.
En síntesis, el uso de la metodología cualitativa actualmente se encuentra en un amplio espectro de áreas de investigación en la geografía humana. Los estudios cualitativos son investigaciones intensivas a muy pequeña escala, en las cuales se explora la experiencia cotidiana de la gente y sus comunidades en diferentes tiempos y espacios. En estos trabajos, la posición del investigador, sus experiencias, sus perspectivas y sus prejuicios son aspectos significativos en el desarrollo y los resultados de la investigación (Philip,1998).
La importancia del discurso y del significado son centrales en las aproximaciones cualitativas. La información es obtenida por una variedad de técnicas, como la observación participante, la entrevista en profundidad, la entrevista semiestructurada, las discusiones en grupos focalizados, etc.. Además, dentro de este marco, el análisis del discurso tanto en textos escritos como orales y, en menor medida, el uso de material fotográfico y de video, son elementos valorados para llevar a cabo las investigaciones.
En relación al rigor y exigencia de los métodos cualitativos surge, con J. Baxter y J. Eyles (1997), el debate en torno a la necesidad de una evaluación en la geografía social acerca de las investigaciones que utilizan preferentemente la entrevista en profundidad. Estos autores proponen a los investigadores probar que sus trabajos son capaces no sólo de demostrar la relevancia de un estudio de caso, sino también que sus hallazgos son susceptibles de transferencia con un grado de certeza(8).
Esta apretada síntesis en torno al estado de la cuestión de los métodos cualitativos, nos introduce en dos temas claves para la investigación basada en esta metodología: el trabajo de campo y la utilización de las historias de vida como una técnica para recabar información.
El trabajo de campo: repensar los planteamientos teórico-metodológicos de la escuela anglosajona.
El trabajo de campo se convirtió en un elemento esencial para que un estudio fuera reconocido como geográfico. A su vez, mediante el mismo parece que la geografía recupera la tradición de las exploraciones. Algunos autores coinciden en que las exploraciones de los estudiosos musulmanes, los viajeros escandinavos, los viajeros chinos y las aventuras de los cristianos medievales contribuyeron al conocimiento geográfico. Además, los exploradores europeos de los siglos XV y XVI ayudaron a darle una mayor coherencia a los conocimientos sobre la superficie del globo. En el siglo XVIII, podemos mencionar los viajes de Alexander Humboldt, o las exploraciones de ultramar financiadas por la Royal Geographical Society, entre otras; por ello, la geografía siempre ha estado asociada al viaje y a la exploración (Capel, 1985; Livingstone, 1992).
En los comienzos de la geografía cultural, Sauer destacaba la importancia del trabajo de campo, cuando decía que "la geografía era antes que nada conocimiento adquirido mediante la observación, que uno ordena luego, mediante la reflexión y el nuevo examen de las cosas que ha mirado, y que de lo que se ha experimentado por contacto directo surge la comparación y la síntesis. En otras palabras, siempre que sea posible, el entrenamiento principal del geógrafo tendría que consistir en trabajo de campo". Es más, defendía que el trabajo de campo no debía prepararse, puesto que si el objetivo era registrar categorías previamente designadas, no se aprovechaba a fondo una exploración(9).
En la década de 1970, en EEUU se abandonó la visión saueriana y el trabajo de campo para dar paso al análisis de las prácticas cotidianas que participan en la construcción social del espacio. Desde esta perspectiva se hace también una crítica a los trabajos etnográficos que se realizan con una arraigada tradición eurocéntrica. Las llamadas expediciones geográficas a barrios marginales lideradas por Bunge reflejan esta postura (Katz;1996).
Actualmente, existe un debate teórico sobre las implicaciones del trabajo de campo y los desplazamientos que realiza el investigador dentro y fuera de su área de estudio. Esta discusión se ha plasmado en numerosos artículos y The Canadian Geographer (1993) y The Professional Geographer (1994) han sido dos de los principales foros de discusión; posteriormente, el libro editado por Diane Wolf (1996) Feminist Dilemmas in Fieldwork, desde una perspectiva feminista, reúne una serie de artículos que consideran los desafíos que suponen el trabajo de campo y la representación cuando el objeto de estudio lo constituyen las mujeres del "Tercer Mundo" o las mujeres negras en E.E.U.U..
Como puntualiza H.Nast(10) (1994), el "campo" en el trabajo de campo es tratado, generalmente, como una asignación física, una tendencia que procede de la geografía humana y de las contribuciones de la geografía física en torno a los intentos de levantamiento cartográfico del terreno, los cuales muy a menudo, han estado relacionados con los intereses de los organismos, ya sean académicos o gubernamentales que proporcionaban los recursos.
A diferencia de los antropólogos, los geógrafos humanos y culturales históricamente han teorizado muy poco sobre las prácticas y políticas del trabajo de campo. Esta problemática entra en debate cuando las geógrafas feministas elaboran un discurso propio mediante la deconstrucción de categorías de análisis como género, clase, "raza", edad y/o etnicidad.
En este trabajo pretendemos analizar algunas líneas de discusión en torno a las cuestiones metodológicas del trabajo de campo. Se pone el énfasis en resignificar los conceptos teórico-metodológicos, generados principalmente en la escuela anglosajona, desde un lugar de la periferia.
C.Katz (1994) sostiene que la globalización y el pensamiento post-positivista en las ciencias sociales permite comprender aspectos del trabajo de campo, hasta ahora no tomados en consideración. Así, esta geógrafa afirma que, como investigadores, somos responsables de un gran número de desplazamientos, del campo a la academia y de ésta al campo, entre otros, raramente mencionados en nuestros trabajos o en la comunicación de los resultados. Desde esta perspectiva el "campo" se resignifica; pasa de ser un lugar o una población, a estar más bien localizado y definido en términos de relaciones de poder en diferentes ámbitos, que lo cortan transversalmente en el tiempo y en el espacio. De esta manera, C. Katz, concluye que en la medida que el campo no se restringe a la actividad de traslado a un determinado sitio para realizar nuestra investigación, sino que está presente en todo el proceso, de múltiples maneras, como veremos a continuación.
El espacio intermediario y los desplazamientos
Nos parece oportuno retomar el concepto que propone C. Katz (1994) acerca del espacio intermediario(11), es decir, el investigador está en varios espacios a la vez, nunca se está totalmente dentro ni fuera del área del estudio y en todos ellos existen relaciones de poder. Ello implica diferentes desplazamientos estratégicos, retóricos y empíricos que emergen de nuestro conocimiento en un compromiso político que trabaja contra las estructuras de dominación. Lo consideramos un planteamiento válido desde el punto de vista de la posición del investigador y el investigado en diferentes situaciones y en distintos niveles; este hecho conlleva al uso que hace el investigador de la información obtenida(12). Analizar los diferentes desplazamientos, que hemos realizado durante nuestra investigación, es una forma de relocalizarse para construir o cuestionar nuestro trabajo, es intentar no transformar el área de estudio en algo estático y encontrar las diferencias con otras áreas y dentro de ella misma.
Posición del investigador y representación
El "campo" está frecuentemente situado, contextualizado y definido; esto produce un cambio de límites espaciales, políticos y sociales con circunstancias cambiantes o en contextos políticos diferentes. El "campo" es, además, frecuentemente un lugar que es familiar y reconocible y, a su vez, extraño; esta situación definida como "campo" que integra estos dos atributos, proporciona un lugar donde no se está ni afuera ni adentro en sentido absoluto, se es más bien un interlocutor (Nast, 1994).
Coincidimos con J. Eyles (1998) cuando destaca la necesidad de la autobiografía crítica sobre nuestra posición como investigador, propuesta a la que se adhieren muchas feministas, especialmente C. Katz (1994), cuando introduce los conceptos de "espacio intermediario" y "desplazamientos", como hemos señalado anteriormente. Aunque muchas veces se desdibuja el límite que separa una autocrítica sobre nuestra posición en el proceso de investigación y el peligro de convertirnos en centro de atención debido a "nuestros problemas de conciencia". Principalmente, en el mundo académico anglosajón existe una tendencia actual a convertir en centro del debate los problemas a que estamos expuestos los investigadores; este hecho nos conduce a cuestionarnos, si en realidad no se está llevando a cabo un ejercicio terapéutico avalado por algunas posturas posmodernas que "todo lo permiten". En torno a este planteamiento se sitúa uno de los temas claves para debatir la idea de representación, es decir, las imágenes contruidas en el proceso de constitución de las relaciones sociales respecto de los sujetos y el mundo.
En el proceso de investigación existen diferentes situaciones donde aparece la representación. Un primer momento se da cuando el investigador va al campo y no revela todos sus atributos y condiciones de vida porque entra al campo con el prejuicio de cómo será juzgado por el "otro" (Wolf, 1996; Katz, 1996).
Un segundo momento es el tipo de preguntas que realiza, la forma de construir y realizar la entrevista en profundidad o la selección de interlocutores para reconstruir historias de vida o narrativas personales. El tipo de preguntas que el investigador realiza está condicionado por el tipo de representación que hace de su entrevistado y por lo tanto, por el tipo de respuestas que espera obtener del mismo.
Es en este momento cuando aparecen las relaciones de poder entre el entrevistador y el entrevistado, cuando nuestro trabajo de campo afecta y es afectado por las comunidades y lugares objeto de estudio, y cuando el acercamiento desde marcos culturales particulares y así como nuestras tradiciones académicas y teóricas modifican y reconceptualizan los objetivos y los métodos de nuestra investigación (Nast, 1994).
Por último, hay que tener en cuenta un tercer momento, cuando se construye el texto y se comunican los resultados; en estas dos últimas etapas el investigador realiza el desplazamiento hacia la comunidad científica e intenta validar su trabajo. Aquí, una vez más, el tema de la representación se vuelve controvertido, porque en definitiva el investigador es quien decide qué cosas deja hablar al entrevistado y qué no, tema además asociado a la interpretación.
En los dos últimos momentos señalados, el investigador se enfrenta con el problema de "las voces"; por ello es pertinente preguntarnos si quienes hablan son nuestros entrevistados o somos nosotros. Coincidimos con A. Appadurai (1988), cuando sentencia que el problema del lugar y de la voz, es, en última instancia, un problema de poder. Partiendo de esta reflexión queremos cuestionar desde dónde se dejan "hablar las voces" y cómo, desde los enfoques de la geografía poscolonial y posmoderna se habla del y por el "Tercer Mundo".
Acordamos con la expresión "Tercer Mundo" cuando hace alusión a una postura política como puede ser la de A. Appadurai (1988), G. Spivak (1988) y R. Guha (1998), oponiéndose al discurso hegemónico y abogando por la descolonización de las mentes. Desde esta postura se lucha contra las consecuencias socioeconómicas y culturales del neoliberalismo, la globalización y la homogeneización a escala mundial.
Por el contrario, no coincidimos cuando desde el centro se habla y se escribe sobre y por el "Tercer Mundo" como sinónimo de una gran región, muy a menudo, presentada como homogénea, caracterizada por la pobreza y el subdesarrollo económico, social y cultural. Esta postura no tiene en cuenta la heterogeneidad estructural de los continentes que conforman su denominado "Tercer Mundo", y las diferencias no sólo entre países, sino entre regiones de un mismo país.
Ahora bien, lo que más llama la atención, es el uso indiscriminado del término "Tercer Mundo" en los trabajos producidos por los geógrafos poscoloniales y procedentes de la geografía radical, que tienen a la periferia como objeto de estudio, e incluso hacen una autocrítica desde su posición de académicos procedentes del centro (Sidaway, 1992; Wolf, 1996; Katz, 1996). Sin duda el término "Tercer Mundo" actúa como una de las tantas representaciones que, según la perspectiva de Said, sirve en la actualidad para legitimar su posición universitaria en el mundo anglosajón. El "Tercer Mundo" es "el lugar" elegido y los proyectos de investigación financiados por los organismos internacionales para el trabajo de campo. Este desplazamiento, hacia ciertos ámbitos, en busca de legitimación y financiación es el que asegura su posición y le otorga prestigio en el medio académico.
El trabajo de campo como resistencia
Algunos investigadores han visto el trabajo de campo como un espacio de resistencia. Por ejemplo, las feministas encuentran en el trabajo de campo un espacio para la resistencia al patriarcado, al heterosexismo, al racismo, al capitalismo y a las fuerzas de poder (Nast, 1994). Preferimos centrarnos en estos últimos puntos. En las regiones periféricas, donde el modelo neoliberal ha alcanzando también los ámbitos académicos, en numerosas ocasiones el trabajo de campo se convierte en una herramienta útil para enfrentarse a los postulados teóricos que enmascaran las realidades cotidianas de la mayoría de los habitantes.
Grandes teorías que apuntan a recetas milagrosas para "terminar" con el subdesarrollo, sirven de base epistemológica para trabajos socio-económicos que avalan el modelo y realizan investigaciones generales basadas sólo en estadísticas producidas y facilitadas por organismos internacionales.
Desde una perspectiva crítica a estas teorías, en la periferia el trabajo de campo puede constituirse en un elemento clave para los estudios que pretenden mostrar la diversidad, la identidad cultural, las repercusiones negativas del modelo y las estrategias de supervivencia de los habitantes. Es un camino para revelar las particularidades y la otra cara del "exitoso" modelo del mundo globalizado (Pedone, 1997).
Historias de vida: un complemento para la entrevista en profundidad
Como ya dijimos, entre fines de 1980 y en la década de 1990, los geógrafos han comenzado ha utilizar crecientemente en sus investigaciones metodologías cualitativas, siendo las disciplinas pioneras la antropología, la sociología y la historia. Algunas de estas metodologías han visto un recurso de investigación en la información que otorga el pasado.
Las técnicas de las historias de vida o narrativas personales se han revalorizado como un camino para recuperar historias ocultas, como contestatarias al androcentrismo académico, y para reintegrar a los marginados y disponerlos como hacedores de su propio pasado. Los geógrafos han comenzado a explorar estas técnicas como estrategias para recuperar las geografías perdidas y presentar las voces alternativas en los textos académicos. Sin embargo, las historias de vida no pueden ser consideradas exclusivamente como vehículos de una forma de hablar en público, de hecho no contaminadas por el pasado. Más bien, las narrativas personales deberían ser vistas e interpretadas como textos interactivos (Miles and Crush, 1993).
Esta postura permite reconsiderar un número de cuestiones metodológicas e interpretativas en torno a la colección de las historias de vida. Aparecen de manera recurrente temas como la posición aventajada del que "está adentro", las asimetrías en los procesos de entrevistas, y la fuerza y el peligro de las formas narrativas de representación.
Es oportuno rescatar las aportaciones de M. Miles y J. Crush (1993)(13), cuando al reflexionar sobre los resultados de las historias de vida recogidas en su trabajo de campo, concluyen que éstas constituyen un producto de series complejas de interacciones entre ellos como investigadores y entre los investigadores y la población entrevistada.
Otras autoras como L. Mc Dowell (1992) han argumentado, desde el discurso feminista, que el trabajo geográfico debería permitir escuchar "voces alternativas"; de todos modos, el potencial de las historias de vida para perseguir este propósito aún no está totalmente explorado en nuestra disciplina.
Esta técnica puede ayudar al investigador a conseguir un mayor grado de profundidad, flexibilidad y riqueza que, a menudo, falta en los cuestionarios basados en entrevistas (Stubbs, 1984). Además, los testimonios pueden dar luz a la lógica de las trayectorias personales y de los efectos que producen las restricciones procedentes del sistema y de las estructuras dentro de las cuales se desenvuelven sus vidas, y romper así los códigos de mutismo del grupo mediante las documentación de las historias personales y las luchas de la gente "invisible".
Sin embargo, son necesarios diversos requisitos para llevar adelante esta metodología. Por ejemplo, es imprescindible un conocimiento previo de la cultura en la cual pretendemos trabajar; una técnica previa que aconsejan los especialistas es la de la observación participante y las entrevistas con informantes claves de la comunidad objeto de estudio.
El texto interactivo se crea mediante el diálogo entre el entrevistador y el entrevistado. Sin embargo, el investigador, en la tarea de dar orden y coherencia a la narración, construye una interpretación de la entrevista; es aquí donde aparece nuevamente la cuestión del espacio intermediario, puesto que se necesita tener una posición crítica en constante movimiento desde afuera y desde adentro, puntualizando los silencios, las interrupciones; es en este momento cuando aparecen asimetrías, ventajas y ambigüedades tanto para el entrevistador como para el entrevistado según sea el contexto.
Otro tema a tener en cuenta es el de la representatividad de las historias de vida. Si bien existen numerosas recomendaciones en los trabajos basados en esta técnica, la vía más utlizada es la de la "bola de nieve", por contactos de amistades o parentescos de las personas que estamos entrevistando (Bernard, 1988; Miles and Crush, 1993; Bayllina, 1996). Esta técnica permite notar cómo algunas personas producen más información que otras, y valoran sus esfuerzos más que otras; por lo tanto, pueden interpretar y contextualizar sus experiencias más coherentemente que otras.
Sin embargo, es aquí donde entra en juego la posición del investigador, puesto que en el campo todas las historias de vida son válidas, y el proceso de elegir quiénes aportan más que otros queda en manos del que realiza el estudio y lo hace en función de sus objetivos de investigación y, en última instancia, esta elección también incide en lo que entendemos por representatividad.
Por ello, es discutible lo que algunos autores como L. Mc Dowell (1992) y M. Miles y J. Crush (1993) rescatan de esta metodología. Ellos ven en las narrativas personales una ventana para conocer las luchas de la gente común, que de otra manera no estarían documentadas, se oponen voces a la versión "oficial" y ofrecen estrategias de poder para incorporar las "voces alternativas" para escribir la geografía. Pero esta posibilidad está teñida por el investigador, y habría que preguntarse a quiénes se deja hablar, cuáles son los criterios y cuáles son los desplazamientos que realiza el investigador para "permitir" que se escuchen unas voces y no otras(14).
Una visión desde un lugar en la periferia. La experiencia de trabajo de campo en un área de margen del oasis norte de Mendoza, Argentina.
Es nuestra intención reflexionar aquí, sobre la experiencia obtenida en el trabajo de campo realizado en una tesis de maestría: Territorios marginales y Globalización. Respuestas productivas y organización social agraria en el margen del Oasis Norte, Mendoza (Argentina). Los resultados de este estudio condujeron a abrir nuevas líneas de investigación que constituyen los ejes temáticos de un nuevo trabajo: las migraciones rurales internacionales.
Para llevar a cabo esta investigación, realizamos entrevistas con cuestionario dirigidas a propietarios, arrendatarios, aparceros y trabajadores agrícolas del departamento de Tupungato(15), en el transcurso de 1996 y principios de 1997. La elaboración de la entrevista apuntó a un diseño flexible, con preguntas descriptivas que permitieran obtener información cualitativa.
Estas entrevistas estructuradas fueron completadas con otras, en profundidad, realizadas a quienes mostraron apertura e interés por los problemas de estudio. Además de brindar abundantes datos valiosos para el desarrollo de la investigación, estos actores rurales nos permitieron observar desde dentro las unidades de producción para seguir de cerca el ciclo de los procesos productivos que describimos y explicamos en el trabajo.
Entrar en las propiedades agrícolas nos permitió el contacto con el resto de la jerarquía que conformaban los actores de la estructura agraria, establecimos una relación directa con los trabajadores permanentes y temporales, sin interferencia por parte del propietario, que era ausentista con la gestión a cargo de administradores.
Las condiciones de trabajo de los obreros rurales nos corroboraron nuestro compromiso político, pero nos plantearon la necesidad de llevar a cabo acciones en consecuencia. Aquí comienza a constituírse nuestro espacio intermediario, puesto que los "bordes" de nuestra área de estudio comienzan a desdibujarse, y se genera el debate en torno a dónde y cuándo empezaba y terminaba el trabajo de campo, y si las acciones planeadas en adelante formaban parte del proyecto de investigación, o debían estar al margen del trabajo académico.
La posibilidad de reiteradas visitas a una unidad de explotación agrícola, que aparecía como modelo de modernización, permitió adquirir una cierta familiaridad con administradores, ingenieros agrónomos, trabajadores permanentes, docentes y personal de la escuela pública situada dentro de la explotación y con los trabajadores temporales que migraban para la cosecha, la mayoría de ellos, junto a sus familias.
Tuvimos la oportunidad de contactar con una familia que vivía en la explotación y que se desempeñaban como trabajadores permanentes, este hecho nos permitió convivir con los trabajadores en la gran propiedad.
Las condiciones de extrema precariedad de los trabajadores temporales y la falta de recursos en los comedores infantiles en la escuela que se encontraba dentro de la explotación, nos llevaron buscar los elementos necesarios para poner los comedores en funcionamiento para ese año lectivo. Este hecho provocó un debate entre los que hacíamos el trabajo de campo y mis alumnos de la universidad que se acoplaron al proyecto.
La discusión se centraba, por un lado, en si nuestra acción recreaba actitudes paternalistas, crítica que hacíamos, desde una postura de izquierda, al Estado de corte populista y benefactor; y, por otro lado, si esta acción no era "lavar nuestras conciencias", con respecto a nuestro lugar en la sociedad, y la "solución" para la población del lugar era meramente coyuntural.
Estos desplazamientos se iban relacionando, porque mi labor como investigadora que realizaba un "trabajo de campo" quedaba vinculada con el de docente universitaria, puesto que unas de las salidas de campo para contrastar la teoría con la realidad era conocer el funcionamiento de esta unidad de explotación en la cual paralelamente llevaba a cabo mi investigación. De esta manera, las acciones emprendidas con mis alumnos junto a los trabajadores, maestros y niños en la unidad de explotación se desvinculaban cada vez más de dicha unidad de investigación.
También caímos en el slogan de "dejar hablar a las voces" y con compañeros de trabajo decidimos realizar un video sobre las historias de vida de la gente y sus expectativas con respecto a sus motivaciones para migrar y establecerse en Mendoza. "Buscar historias" nos llevó a conocer un gran número de personas que ya no sólo se relacionaban con el trabajo agrario; entramos en contacto con otras que procedían de diferentes ámbitos; por ejemplo, docentes que en ese momento hacían huelga de ayuno reclamando el derecho a la educación pública y en rechazo a la reforma educativa y a las "recomendaciones" del Fondo Monetario Internacional para América Latina; familias que pertenecían a cooperativas de vivienda y estaban involucradas en un proyecto de hábitat popular y en los procesos de autoconstrucción.
De esta manera, nos fuimos vinculando con espacios de resistencia ya constituidos en torno a la cultura de la provincia de Mendoza: estudiantes de cine, bandas de música y murgas. Nuestro "trabajo de campo" perdió su carácter académico para convertirse en una práctica social que se unió a otras prácticas de resistencia.
La cantidad de material recopilado nos desbordó. Además, la necesidad y el compromiso con las personas que nos habían brindado desinteresadamente sus historias de vida, nos llevó a realizar otro desplazamiento.
El Instituto Provincial de la Cultura del gobierno de Mendoza, abrió un concurso para la realización de proyectos culturales, y de este modo, obtuvimos un subsidio para editar el video; como requisito se pedía una contraprestación a entidades educativas. Nuestra experiencia en el campo se plasmó en un video llamado "Quiero contarte historias"(16), donde recopilamos en imágenes las vivencias de las personas con las cuales habíamos interactuado en nuestro trabajo de campo.
Una de las contraprestaciones fue la discusión y el debate del video en la Escuela de Psicología Social de Mendoza. El vínculo provenía del encuentro con la gente que propiciaba la difusión de una Revista sobre cultura, arte, e ideas, llamada La Marea, creada por la escuela de Psicología Social de Buenos Aires. Esta revista ha instaurado un espacio de debate y reflexión, con la idea de trabajar desde la resistencia frente a la instauración del régimen neoliberal en nuestro continente, en general, y en nuestro país en particular; teniendo además grupos representantes en varias provincias de la Argentina.
Todos estos desplazamientos fueron alejándose cada vez más del ámbito académico de la geografía y ampliando los bordes delimitados en mi inicial área de estudio para la investigación. Esta desvinculación provenía, en gran parte, de las relaciones en los campos de poder; como investigadora, si bien no me vi afectada por problemas de género, sí lo fui por las diferencias ideológicas y generacionales; la crítica a nuestro trabajo apuntaba a la pérdida del carácter académico y por lo tanto, de que el trabajo dejaba de "ser geográfico".
Una jerarquía formada en el pensamiento positivista y con una fuerte raigambre en la escuela locacional, considera que estos desplazamientos no forman parte de nuestro trabajo académico y no cumplen con "las reglas de la objetividad". Si bien, mi investigación, no formaba parte del proyecto más amplio fue apoyada por mis directores, que están en la segunda línea generacional y provienen de la geografía radical e histórica.
Esta perspectiva los llevaba, por un lado, a entender el trabajo de campo no sólo como una estrategia de investigación sino también como un compromiso político, fundamentalmente con la población involucrada en nuestro estudio. Por otro lado, analizar el trabajo de campo a la luz de los procesos históricos y sociales que tienen lugar en América Latina, en general, y en Mendoza, en particular (17).
La apropiación del conocimiento, resultado del trabajo de campo, se constituyó en un instrumento para legitimar nuestra postura crítica frente a la instauración del modelo neoliberal y las repercusiones negativas de una modernización agrícola de carácter excluyente y conservador.
Por ello, retomamos aquí los temas de discusión en torno a la posición del investigador, la validez de nuestros argumentos ante la comunidad científica y la autobiografía crítica que propone J. Eyles.
Si bien, nuestro trabajo de campo tiene numerosas carencias, que proceden principalmente de la falta de experiencia, no creemos que sea adecuado entrar en el campo con tantas recetas y prejuicios con respecto a nuestros interlocutores, como refleja mucha de la bibliografía consultada. Un ejemplo de ello fue explicar claramente nuestra situación de investigadores y docentes universitarios y explicitar abiertamente que no teníamos relación alguna con el gobierno, lo cual nos permitió acceder a la mayoría de los trabajadores sin ningún tipo de problemas. Tampoco estábamos de acuerdo en entrar al "campo" con el prejuicio de que nuestros entrevistados podían inhibirse con nuestra presentación como "universitarios" (léase diferencia de clase), como comúmente se piensa.
Lo mismo ocurrió, cuando entramos al "campo" con una enorme cámara de video profesional: nos preocupamos meticulosamente de informar a nuestros posibles entrevistados que filmar sus experiencias era una idea para mostrar las expectativas que tenían como migrantes al llegar a la Argentina y que no saldrían "inmortalizados" ni en el cine ni en la televisión.
Llegar a nuestra área de estudio, sin prejuicios y presentándonos como lo que realmente éramos, nos permitió acceder mucho más fácilmente a los trabajadores, pues muchos de ellos, ya habían sido tomados "como objeto de estudio" sin explicaciones previas en relación con la procedencia del entrevistador y con los objetivos del trabajo.
De esta relación de confianza que se generó con algunos de ellos, surgió la idea de filmar y grabar las historias de vida de trabajadores agrícolas migrantes. La reconstrucción de sus trayectorias y sus móviles para la migración, nos permitió descubrir las diferencias entre migrantes procedentes de Bolivia y del Noroeste argentino que llegaban a Mendoza. Estos elementos fueron claves para esbozar las hipótesis del trabajo siguiente.
Debemos reconocer que el procedimiento fue totalmente intuitivo, aún más cuando los bordes del trabajo de campo se ampliaron e introdujimos la técnica del video para recabar información.
Aunque hayamos logrado una "validez" de nuestros resultados en el ámbito académico, referidas a las repercusiones negativas del modelo neoliberal, nada conseguimos para mejorar la situación de precariedad de la población involucrada como objeto de estudio de nuestra investigación; y aquí coincidimos con C. Katz (1994) cuando reflexiona que los beneficios para los participantes de las entrevistas no son relevantes, y que la experiencia es mucho más enriquecedora para nosotros como investigadores, docentes y alumnos.
Intencionalmente buscamos el espacio de resistencia fuera del ámbito académico y nos reunimos principalmente con grupos que trabajan en la cultura y el arte. Si bien muchos de nosotros provenimos de ámbitos universitarios, preferimos elegir otro espacio como un foro alternativo de discusión. No siempre la siniestra combinación entre estructuras autoritarias históricamente arraigadas con la falta de posibilidades de insertarnos con un empleo fijo dentro de la universidad, nos permite llevar la lucha desde adentro. De todas maneras, por el momento, nuestro aporte sólo tiene un tono de denuncia.
Conclusiones
Después del análisis realizado sobre los ejes del actual debate de los marcos teórico-conceptuales de los métodos cuantitativos y cualitativos y las políticas del trabajo de campo en la elaboración de la estrategia de investigación es oportuno orientar los interrogantes en dos sentidos.
En primer lugar, verificamos que los ejes sobre los cuales se ha orientado la discusión teórico-metodológica del trabajo campo, - los límites del "campo", la posición del investigador y la relación entre representación, texto y contexto- están muy presentes en la tradición de la geografía anglosajona. Es oportuno, entonces, preguntarnos en qué medida la propia disciplina acepta para sí misma romper con la hegemonía de la geografía anglosajona e incorporar la diversidad que aportarían las geografías periféricas. En este sentido, Milton Santos (1996) reflexiona que con la globalización, las interpretaciones más amplias y adecuadas del mundo y de los lugares pueden producirse de forma más esmerada en la periferia que en el centro y los diálogos más fructíferos, para el encuentro de la verdad, pueden no ser los que hacen con el centro, sino aquellos cuyos protagonistas están fuera de los circuitos de la moda y de las presiones de la trivialidad. ¿Acaso estas geografías periféricas no reorientarían los ejes de la discusión?
En segundo lugar, la discusión presentada aquí nos ha llevado a cuestionarnos el papel que cumplimos como investigadores y sujetos sociales comprometidos con la equidad y contra del modelo neoliberal. Somos partidarios de una autocrítica, pero no estamos de acuerdo de convertir este tema en eje central del debate, con respecto a nuestro compromiso y nuestra posición en la academia. Quizás, esta postura se deba a que en la periferia deben encauzarse las energías en resolver los problemas y aunque no subestimamos el diálogo entre pares, para el avance de nuestra disciplina, creemos que en numerosas ocasiones se pone demasiado énfasis en "nuestros problemas" como investigadores, como una forma de lavar nuestra conciencia, ante la poca capacidad de generar cambios profundos que pueden llegar a producir nuestras investigaciones.
 
NOTAS
1. Cabe destacar que no desconocemos los aportes en este tema realizados desde la geografía social francesa, alemana e italiana (Ruppert y Schaffer, 1979; Wirth, 1979; Herin, 1982) a partir de los años setenta en relación con los métodos cualitativos de investigación. Sin embargo, este trabajo se basa en las propuestas de políticas de trabajo de campo que son formuladas a partir de los años noventa por geógrafos/as del mundo anglosajón.
2.  En este trabajo empleamos, en sentido amplio, los términos "periferia" para definir una zona del planeta conformada por los paísespobres, y "centro" para indicar un conjunto de países ricos que controlan los resortes del poder económico, financiero y político mundial.
3. ESCOLAR y BESSE, 1996. Los autores introducen en su artículo una recopilación de artículos que tratan sobre el uso de metodología y técnicas cualitativas y proponen "una perspectiva epistemológica desde la cual reflexionar los problemas de los métodos, así como una manera más específica de abordar la relación entre teoría, método y técnicas cualitativas en un proceso de investigación".
4. PHILIP, 1998. En este artículo plantea, entre otros temas, el cuestionamiento de los significados de "subjetividad" y "objetividad" como una problemática recurrente en geografía humana, desde hace más de 50 años. Aunque acuerda que debe desafiarse a la objetividad tradicional y científica del objeto de estudio, no cree que esta deba ausentarse del debate, puesto que encuentra la necesidad de una reconceptualización de los significados de la "objetividad" y de la "investigación objetiva" (p. 269).
5. SCHOENBERGER, 1991; MC DOWELL, 1992; SCHOENBERGER, 1992. El debate surgido a principios de 1990 entre Schoenberger y Mc Dowell es una clara muestra de la discusión en torno a estos temas. Mc Dowell critica a Schoenberger por las reminiscencias positivistas en su trabajo cuando sugiere que "las formas de verificación deberían construirse dentro de un proceso para poder evaluar la validez de la información" proporcionada por los entrevistados a los responsables de corporaciones. Schoenberger justifica su postura, con el argumento de que, en geografía económica, es distinto el tratamiento que se le otorga a los datos y que su lenguaje, vinculado al positivismo, se debe a la necesidad de manterner un diálogo con sus pares.
6. Los artículos de este número especial reconsideran las contribuciones de la geografía cuantitativa. Los trabajos reflejan menos los aspectos técnicos y se apoyan más en la reflexión sobre cuestiones conceptuales, éticas y las relaciones de poder. Por ejemplo, Barnes evalúa críticamente la historia de las técnicas de regresión y correlación como una piedra angular en la geografía cuantitativa; Sibley se compromete explícitamente con los "sentimientos" profundamente arraigados, esperanzas y temores de las disputas fundamentales entre las aproximaciones deterministas y probabilísticas de la modelización cuantitativa del "orden espacial"; Dixon y Jones reconstruyen las complejidades de cómo el "análisis espacial" interpreta las cuestiones de categorización, contexto y teoría; Openshaw distingue entre la "clásica geografía cuantitativa" de las décadas del 1950 y del 1960 y la más recientemente "geografía humana informatizada", así como la diferenciación de la "geografía estadística" de la "geografía matemática"; y por último, Philip esboza la relación epistemológica y metodológica, y las similitudes y diferencias entre métodos cualitativos y cuantitativos.
7. Varios geógrafos radicales contemporáneos se identificaron a sí mismos dentro de un linaje de la geografía que se remontaba a figuras tales como Elisée Reclus, Peter Kropotkin y Karl Wittfogel, quienes abogaban enérgicamente por un compromiso social (Livingstone, 1992). En relación con el contexto de desarrollo y las prácticas político-académicas de la geografía radical ver MATTSON, 1977.
8. BAXTER and EYLES,1997; BAILEY, WHITE and PAIN, 1999; BAXTER and EYLES,1999. Se debate principalmente el tema de la validez de las investigaciones basadas en una metodología cualitativa. Mientras que Baxter y Eyles proponen un grupo de preguntas evaluativas, más que criterios rígidos para los trabajos basados en investigaciones cualitativas; Bailey, White y Pain, refutan este método propuesto y propician la utilización de lo que las autoras llaman "Grounded theory" como una forma más flexible de contrastar nuestros trabajos, de modo que sea posible a lo largo de todo el proceso de investigación.
9. SAUER,1956.
10. NAST, 1994. Esta autora realiza una presentación de una serie de artículos que teorizan sobre las cuestiones referidas al trabajo de campo, las políticas del trabajo de campo, la posición del investigador y las políticas de localización, desde una perspectiva feminista.
11. La autora utiliza en el inglés el término "betweenness" que en castellano se ha traducido como espacio intermediario.
12. KATZ,1992 y 1994.
13. MILES and CRUSH, 1993. En este artículo los autores utilizan la técnica de las narrativas personales para estudiar y organizar un archivo oral de historias de vida de mujeres y hombres de Swazilandia que migran a Sudáfrica entre 1920 y 1968.
14. SIDAWAY, 1992.
15. El departamento es la jurisdicción política municipla en la provincia de Mendoza.
16. LOTFI, LUCERO, PEDONE y SAENZ, 1999.
17. Si bien la relación entre el compromiso social y político y el contexto académico eran, desde los setenta, temas de discusión en revistas como Antipode, Herodote y Geocrítica y en el mundo latinoamericano el Boletín Paulista de Geografía; en nuestro ámbito, por un lado la instauración de una dictadura militar entre 1976 y 1983, y por otro lado, la visión cientificista de la producción intelectual en la geografía de Mendoza, fueron factores que limitaron la incorporación de este debate.
 
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