METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN
InvestigacionSocial  
 
  Epistemología Feminista y Postmodernidad 20-10-2017 18:01 (UTC)
   
 

 

 
Epistemología Feminista y Postmodernidad
 
Resumen
 
            El presente artículo trata de ilustrar el significado e implicaciones que ha ido adquiriendo, dentro de la Orientación Postmodernista, la imagen de la mujer en nuestro tiempo, especialmente a lo largo de la segunda parte del siglo XX. Esta imagen ha adquirido una connotación epistemológica y metodológica propias que nos obligan a un rediseño de la mayoría de los proyectos de investigación en que la mujer juegue un papel determinante, ya sea como sujeto de la labor investigativa o como objeto prevalente de la misma.
 
Palabras Clave: Feminismo, epistemología, metodología, postmodernidad
 
Abstract :   Feminist Epistemology and Postmodernism
 
            The present article tries to illustrate the meaning and implications that the woman's image in our time, especially along the second part of the xx century, has acquired inside the Postmodernist Orientation. This image has obtained an especial, genuine, epistemological and methodological connotation that force us to redesign those investigation projects in which the woman plays a decisive role, either as subject of the investigative work or as prevalent object of the same one.
 
Key words:   Feminism, epistemology, methodology, postmodernism.
 
1. Imagen Tradicional de la Mujer
 
       No podemos comprender el Movimiento Feminista actual sin una mirada histórica retrospectiva. Numerosas investigaciones concuerdan en el señalamiento de una amplia gama de estereotipos sobre el género femenino y masculino. Estos estereotipos caracterizan a las mujeres como sensibles, intuitivas, incapaces de objetividad y control emocional e inclinadas a realizar y mantener relaciones personales. A los hombres, en cambio, se les considera superiores en su capacidad de racionalidad y objetividad científica, y con una dotación natural para una orientación adecuada en relación con los demás. La mujer es la explotada y el objeto de abuso, y es incapaz de explotar a los demás debido a su “natural” debilidad y altruismo, aspectos que son, a su vez, su fuerza como esposa, madre y ama de casa. Por el contrario, al hombre le resulta fácil explotar y justificar este comportamiento en nombre de una ideología política y económica.
       Estas mismas diferencias y características se atribuyen a muchas minorías étnicas, y forman una configuración de sumisión, pasividad, docilidad, dependencia, falta de iniciativa, inhabilidad para actuar, para decidir y para pensar. Son, en general, cualidades y características más infantiles que de adultos y revelan inmadurez, debilidad e impotencia. Es más, si los subordinados adoptan estas características son considerados como “bien adaptados”.
       Estos señalamientos ciertamente tienen con frecuencia el carácter de estereotipos; pero, cuando pensamos en la explotación y opresión a que son sometidos algunos grupos de mujeres inmigrantes, discriminadas por su raza, etnia, nivel cultural y clase social, aspectos que, en algunos países del hemisferio Norte, evocan enseguida el pasado de esclavitud a que pertenecieron sus antepasados, vemos que no carecen en absoluto de una cierta dosis de verdad.
       Lo más serio y agravante que encierra este modo de pensar es que las características de raza, etnia, clase social y género de estas personas son consideradas como una desviación de la norma representada por el modelo de “varón blanco de clase media”.
 
2. El Movimiento Feminista
 
       Hacia mediados del siglo xx, la participación de la mujer en el campo universitario era muy reducida. Eran pocas las carreras en que intervenían. Pero, poco a poco, fueron inscribiéndose en algunas de las carreras humanistas, luego también en otras de carácter científico y, finalmente, en todas casi por igual; es más, en varias carreras de las Humanidades, como Trabajo Social, Psicología, Sociología y otras hay un claro predominio del género femenino.
       Debido a este hecho, creció el número de mujeres profesionales, mujeres profesoras, mujeres investigadoras y, con ello, una visión diferente y alternativa de muchas realidades de nuestro mundo: primero de la salud femenina (ginecología, gravidez, maternidad, atención al recién nacido, etc.), después del cuidado  de los niños en general, de los enfermos y de los ancianos, y, más tarde, de la educación, el trabajo social, la psicología y otras áreas en las cuales la sensibilidad femenina juega un rol preponderante.
       Esta toma de conciencia general es la base de una nueva epistemología y metodología que lentamente se ha difundido en todos los medios académicos por medio de la publicación de investigaciones, ponencias en congresos y congresos específicos sobre la orientación feminista, sus reivindicaciones y anhelos; incluso se han creado revistas especializadas como Feminist Studies, Feminist Review, Gender and Society, etc., como medios de difusión de todo el Movimiento Feminista.
       La toma de conciencia ha sido entendida y promovida en el sentido original de Paulo Freire, en su obra Pedagogía del oprimido (1974), es decir, como un aprender a percibir las contradicciones sociales, políticas y económicas y a realizar acciones contra los elementos opresivos de la realidad. El logro de esta toma de conciencia exige, frecuentemente, la problematización de las situaciones conflictivas en que se vive, pues, de otra manera, quedarían solamente al nivel de una inconsciencia general.
 
3. Una Epistemología Feminista
 
       Los investigadores feministas consideran al género como un principio organizador que modela las condiciones de sus vidas. Igualmente, el Movimiento Feminista, en general, puede ser visto como una extensión o provincia de la Orientación Postmoderna. En efecto, la idea central que defiende el Postmodernismo es la que sostiene que no podemos tener conocimientos generales y universales, generalizables, sobre nuestras realidades, que todos nuestros conocimientos son locales y  temporales, del aquí-y-ahora, o, como lo expresa Geertz (1983, p. 4): “todo conocimiento es ineluctablemente local”, y Polanyi:  “todo conocimiento es conocimiento personal”, y así titula su obra máxima: “Personal Knowledge” (1958).
       En esta orientación epistemológica, se va poniendo el énfasis y se va corriendo el acento del concepto de conocimiento nomotético (universal), y su escasa posibilidad en las Ciencias Humanas, hacia el conocimiento idiográfico (particular). Los postmodernistas Lyotard, Deleuze y Baudrillard, entre otros, nos empujan en esa dirección; y lo mismo hacen Wittgenstein con los juegos del lenguaje, Foucault con la desmetaforización y Derrida con la desconstrucción.
       El Movimiento Feminista no sólo adopta un enfoque netamente fenomenológico, sino que defiende, además, una orientación epistemológica y metodológica propias. Se opone a una epistemología histórica y clásica que considera androcéntrica y reivindica igual derecho a constituir una epistemología ginecocéntrica, ya que considera que toda experiencia vivida no sólo constituye ya una interpretación de la realidad, sino que necesita, además, una interpretación propia. Ésta, en efecto, es también la perspectiva que defiende Gadamer (1984) al hablar de la “fusión de horizontes” epistémicos; en este caso, equilibrando, por medio de un proceso dialéctico, la epistemología tradicional con la “feminista”.
       En una visión aún más amplia, el positivismo típicamente anglosajón y su metodología analítica y cuantitativa de investigación, fueron denunciados y rechazados por la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno, Fromm, Habermas, y otros) que desarrollaron la Teoría Crítica de la sociedad desde una perspectiva histórica y dialéctica. Criticaban la sobrevaloración positivista de la neutralidad y la separación entre la teoría y la práctica (la visión “desde ningún punto de vista” siempre se convierte en una visión “desde un punto de vista”), y enfatizaban la importancia del potencial emancipatorio del conocimiento y de la ciencia. En relación y aplicación al Movimiento Feminista, su pensamiento se podría resumir en el siguiente enunciado: hay una contradicción entre las teorías prevalentes de la ciencia social y su metodología, por un lado, y las metas y objetivos políticos de este movimiento, por el otro. En la expresión del manifiesto de Laurel Richardson (1993), se concreta en las siguientes palabras:
                Yo desafío las diferentes clases de validez y reclamo diferentes clases de práctica de la ciencia. La práctica científica que yo propongo es postmodernista-feminista. Esta ciencia emborra los géneros, explora las experiencias vividas, promueve la ciencia, crea una visión imaginaria femenina, rompe los dualismos, inscribe el trabajo femenino y la respuesta emotiva como válida, desconstruye el mito de una ciencia social libre de emociones y crea un espacio para la parcialidad, la auto-reflexión, la tensión y la diferencia (p. 695; c.p. Denzin y Lincoln, 2000, p. 230).
 
       Y Deborah Lupton (1995) lo expresa de la siguiente manera:
                La cuestión no consiste en buscar una cierta “verdad”, sino en descubrir las variedades de verdad que operan, en poner en relieve la verdad como transitoria y política y en enfatizar la posición de lo sujetos como fragmentaria y contradictoria (pp. 160-161; c.p. Denzin y Lincoln, 2000, p. 241n).
       Estas ideas las fundamenta el Movimiento Feminista en el análisis de nuestro proceso de adquisición de conocimientos. El conocimiento –se considera– es el resultado de una interacción entre sujeto y objeto; pero, si uno de los términos de la relación (el sujeto: la mujer) cambia, cambia también el resultado de la interacción; y mayor será el cambio cuando ambos términos de la relación cambian, como es el caso frecuente de las investigaciones realizadas por mujeres sobre problemas femeninos. Esta línea de reflexión sigue el enfoque crítico que han hecho público muchos otros sectores de la vida humana: las víctimas del SIDA, los sobrevivientes del cáncer, los inválidos, los ancianos, los homosexuales y muchos otros grupos especiales siempre han protestado diciendo que los científicos “no los entienden”, que “los investigadores no los pueden comprender mejor de lo que ellos mismos se entienden”, etc.
       Tratando de hablar más específicamente sobre la mujer, pensemos en la enorme cantidad de variables “femeninas” que entran en el juego de una investigación sobre los tópicos relacionados con la gestación, la maternidad, la atención al recién nacido, etc. y, en general, sobre lo que es típico de la mujer en cuanto esposa y madre. Esto, en relación a la mujer como objeto de investigación; pero, si le añadimos las variables que genera la percepción que se forma también el investigador como sujeto, que, en este caso, es también mujer, una investigadora, todo el proceso cognoscitivo puede variar considerablemente y ofrecernos otro tipo de conocimiento, generando otra epistemología, que habrá que tener también en cuenta a la hora de pensar en métodos, estrategias, modelos, etc..
       Esta realidad aparecerá más claramente delineada en la medida en que consideremos ciertos aspectos clave que nos ofrece hoy día la Neurociencia. Hoy sabemos que no existe un sistema cognoscitivo aparte e independiente del sistema afectivo, que ambos forman un solo sistema, el sistema cognitivo-afectivo (ver Martínez M., 1997, cap. 2). Y la Psicología Cognoscitiva nos enseña que en el hombre, en general, más allá de los estereotipos, predominan ciertos procesos lógicos, más bien “fríos”, mientras que en la mujer, en general, estos mismos procesos van más acompañados por una cierta intuición “femenina”, y por el sentimiento y el calor de la dinámica afectiva. Este hecho da cabida a que, en el proceso del conocimiento, entre en juego una sensibilidad especial, propia del género femenino, que puede afinar y enriquecer notablemente el resultado esperado de una investigación.
       Frecuentemente, al conjunto de las variables mencionadas se le añaden otras relacionadas con ciertas etnias subvaloradas a que pertenece la mujer en cuestión, con su nivel socioeconómico y con ciertos tópicos específicos de estudio, como puede ser la violencia familiar (mujeres golpeadas o maltratadas) o la opresión y explotación de que son víctimas. Este conjunto de variantes trae serias consecuencias para las relaciones de pareja y para el clima familiar en que estas mujeres deben educar a sus hijos, clima inadecuado bajo todo punto de vista para lograr los fines deseados por toda educación respetable.
       La conclusión natural de estas observaciones es que las realidades de estudio relacionadas con el género femenino exigen un mayor nivel de rigor científico, en cuanto a la elección y uso de métodos y estrategias adecuados. Este rigor es exigido por el mayor número de variables involucradas, ya sea de parte del sujeto investigador como del objeto estudiado (cuando pertenece al área femenina); y este rigor se expresará con una mayor sistematicidad y autocrítica en todo el proceso de investigación. Estos tres criterios de rigor, sistematicidad y criticidad son, en efecto, los criterios que definen el nivel de cientificidad  de una investigación.
 
4. Una Metodología Feminista
 
       Una metodología sensible a todo lo señalado hasta aquí y que lo aplique en la planificación de sus estrategias y en la elaboración y aplicación de sus procedimientos, una metodología “femenina” de la ciencia social, exige, además, que estos planteamientos epistemológicos y metodológicos sean descritos y discutidos no sólo al realizar una investigación “femenina”, sino también en la investigación social en general. La realidad básica que da soporte a una “metodología femenina” es el hecho fundamental de que sea la mujer la participante como investigadora y también como objeto de la investigación. En efecto, es fácil comprender cómo la mujer, conociendo su propio cuerpo, sus problemas propios de salud, sus vivencias personales, familiares y sociales, está en mejores condiciones metodológicas que el hombre en general para comprender a otras mujeres y sus problemas; es más, esta situación se constata cuando, en muchas circunstancias, la mujer no hace caso a las recomendaciones de un doctor varón sobre ciertas áreas ginecológicas, aborto, control menstrual, etc.
       ¿Cuáles serían las líneas-guía de una metodología femenina? Siguiendo a María Mies, que trabajó especialmente en Alemania, y las expone detalladamente (1999, pp. 71-77), las sintetizamos a continuación:
1.       El postulado de una investigación libre de valores, de neutralidad e indiferencia hacia los “objetos” de investigación, debe ser reemplazado por una parcialidad consciente, que se logra por medio de una identificación parcial con los objetos de la investigación. La parcialidad consciente es diferente del mero subjetivismo o de la simple empatía, ya que la identificación parcial crea una distancia crítica y dialéctica entre el investigador y sus “sujetos” de estudio.
2.       La relación vertical entre el investigador y los “objetos de investigación”, la “visión desde arriba”, ha de ser reemplazada por la “visión desde abajo”. Ésta es una consecuencia necesaria de la parcialidad consciente y de la reciprocidad. La investigación debe ser realizada para servir a los intereses de los grupos dominados, explotados y oprimidos, particularmente a la mujer, cuando lo es. La relación hombre-mujer representa uno de los ejemplos más antiguos de la visión desde arriba; por ello, la solicitud de una “visión desde abajo” sistemática posee tanto una dimensión científica como ético-política.
3.       El “conocimiento de espectador”, contemplativo y no involucrado, ha de ser reemplazo por una participación activa en las acciones, movimientos y luchas de la emancipación de la mujer. No podemos contentarnos con reducir los estudios sobre la mujer a una pura tarea académica, restringida en la torre de marfil de ciertos institutos de investigación y universidades. Cuando se integran la investigación y la praxis, se logran unos resultados más ricos y, por ello, también más “verdaderos”.
4.       La participación en las acciones y luchas sociales, y la integración de la investigación en estos procesos, implica además que el cambio del status quo sea el punto de partida de una interrogante científica. Este enfoque sigue el lema: “si quieres conocer una realidad, trata de cambiarla”. En el caso, por ejemplo, de las mujeres explotadas y oprimidas, solamente entenderemos a fondo tal situación (su extensión, dimensiones, formas y causas) si tratamos deluchar para cambiarla.
5.       El proceso de investigación debe convertirse en un proceso de “concientización”, tanto para los científicos sociales que realizan la investigación como para los sujetos investigados, es decir, los grupos femeninos. Aquí se siguen las ideas de Paulo Freire (1974), que desarrolló esta orientación y la aplicó con su método de problematizar las situaciones, proceso y acciones que –según él– no debían realizar los investigadores, cuyo trabajo consistiría sólo en dar las herramientas al pueblo, sino que debían realizarlo las personas objeto de la opresión.
6.      Yendo un poco más allá de Freire, habría que señalar que la concientización colectiva de las mujeres por medio de la metodología problematizadora debería ir acompañada por el estudio de la historia individual y social de la mujer.  En efecto, aunque las mujeres han hecho su historia (sus luchas, sufrimientos, sueños e ilusiones), en el pasado no se la han apropiado y hecho suficientemente suya como sujetos.
7.      Las mujeres no pueden apropiarse su propia historia a menos que comiencen a colectivizar sus propias experiencias. Los Estudios de la Mujer, por consiguiente, deben luchar por la superación del individualismo, la competitividad, el “profesionalismo” desmedido, como se ven en los académicos de género masculino. Esto las llevaría posiblemente a superar el aislamiento estructural dentro de sus familias y a comprender que sus sufrimientos individuales tienen causas sociales.
       En la literatura metodológica del “feminismo académico”, se utiliza mucho el término “estrategias” que tiende a sugerir que no se debe utilizar un modelo o fórmula únicos, sino que enfatiza y sugiere el uso de muy distintos caminos que proporciona la tradición cualitativa de investigar. La misma lengua en la investigación tradicional suele a veces usar términos, categorías y sintaxis “sexistas” que no se compaginan con las experiencias típicamente femeninas. Tanto los fenomenólogos como los etnometodólogos, que tratan de captar el proceso de interacción de los modelos y lenguaje en la producción de la vida y relaciones cotidianas, le han dado gran importancia a estos aspectos. Sin embargo, no debemos olvidar que la lengua nunca revela plenamente las experiencias y vivencias profundas de una persona.
       Un aspecto de máxima relevancia se da en la realización de las entrevistas, como técnica de investigación. Ahí, la raza, etnia, clase social y género del entrevistador y del entrevistado juegan un papel determinante; y esto no sólo por la forma o estilo, sino, lo que es más importante, por el contenido mismo que aborda la entrevista: muchas cosas que trata, expone y profundiza una mujer con otra –especialmente si es del mismo grupo social– jamás lo trataría con otra alejada socialmente de su situación, y, menos aún, con un hombre, especialmente si es de raza, etnia o clase social muy diferente. Por todo ello, y para que no desaparezcan partes importantes de la vida de los entrevistados que no figuran en el lenguaje ordinario, es necesario que los entrevistadores desarrollen métodos de “escuchar” que van más allá de las meras palabras.
       Aun cuando todo lo dicho apunta en una dirección que parece clara y uniforme en cuanto a la perspectiva epistemológica y metodológica, sin embargo conviene aclarar que la investigación cualitativa “femenina” no es tan homogénea como parece, sino, más bien, altamente diferenciada y compleja, con diferentes potenciales e influencias en las disciplinas. Los principales referentes que originan estas diferencias son: la orientación teórica y pragmática de quien investiga, el contexto nacional y regional, y la temática tratada (especialmente si es del área de la salud y de la educación: quién desea conocer, cómo y dónde va a obtener ese conocimiento, de quién lo va a obtener y con qué fines, etc.). Pensemos, para clarificar este concepto, en lo que pasa, por ejemplo, en una investigación con mujeres discapacitadas; aun cuando se haga con una fina empatía, frecuentemente, la mayoría de las investigaciones lo hace pensando sólo en su deficiencia o discapacitación, olvidando o no teniendo en cuenta el contexto personal que da sentido a todo, pues, además de ser discapacitadas, también son mujeres en una situación con experiencias y conocimiento propios, son trabajadoras, esposas, madres, amantes, amigas, deportistas, artistas, etc.
       En un contexto aún mayor, es necesario tener también presente que la comunidad a la que pertenecemos es ontológica y axiológicamente anterior a las personas, anterior a nosotros mismos, pues nacimos en un universo sociocultural donde los valores, los compromisos morales y los significados existenciales son “negociados” dialógicamente. Todo esto pone un trasfondo u horizonte a la información y a los “datos” que vayamos obteniendo y, así, va precisando su significado.
       Finalmente, y a modo de conclusión y escenario de trasfondo, conviene añadir que la investigación cualitativa feminista siempre ha puesto y defendido un cuidado especial en los aspectos éticos de la misma; es más, ésa ha sido una nota distintiva suya, dada la delicadeza y privacidad de las áreas a que se enfrenta. Por ello, el pedir consentimiento a las personas estudiadas, la confidencialidad, la ausencia de todo engaño o fraude o el ser causa de decepción o frustración, la exhibición de un comportamiento ejemplar, la evitación del estrés y de la publicidad no querida o la pérdida de la reputación, han sido siempre tenidos muy en cuenta por las investigadoras femeninas, ya sea en el curso de la recolección de la información como el subsiguiente análisis de los “datos” y su publicación.


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