METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN
InvestigacionSocial  
 
  Nuevo Paradigma Epistemológico de la Ciencia 20-10-2017 18:01 (UTC)
   
 

 

Nuevo Paradigma Epistemológico de la Ciencia
 
Miguel Martínez Miguélez [1][1]
 
La naturaleza de un ser no se da nunca a nadie por completo,
solamente según algunos de sus aspectos
y de acuerdo con nuestras categorías.
 
Aristóteles, Metafísica, iv, 5
 
Einstein me dijo: “El hecho de que usted pueda
 observar una cosa o no, depende de la teoría que usted use.
Es la teoría la que decide lo que puede ser observado”.
 
Werner Heisenberg
 
 
Resumen
 
       A lo largo del siglo xx, hemos vivido una transformación radical del concepto de conocimiento y del concepto de ciencia. Estamos llegando a la adopción de un nuevo concepto de la racionalidad científica, de un nuevo paradigma epistemológico. El modelo científico positivista –que imperó por más de tres siglos– comenzó a ser cuestionado severamente a fines del siglo xix por los psicólogos de la Gestalt, a principios del siglo xx por los físicos, luego, más tarde –en la segunda década– por los lingüistas, y finalmente –en los años 30, 40, 50 y, sobre todo, en los 60– por los biólogos y los filósofos de la ciencia. Todos, unos tras otros, fueron manifestando su insatisfacción con la racionalidad lineal, unidireccional, y viendo, poco a poco, la necesidad de reemplazar el modelo axiomático de pensar, razonar y demostrar, con su ideal puro lógico-formal, o lógico-matemático, con una lógica que diera cabida a la auténtica y más empírica realidad del mundo en que vivimos y con el que interactuamos, de un mundo donde existen inconsistencias, incoherencias lógicas y hasta contradicciones conceptuales. Ésta es la tesis básica que defienden las diferentes orientaciones postpositivistas, las cuales consideran insostenible el modelo reduccionista “variable independiente-->dependiente” ligadas únicamente por una relación causal, y la necesidad de sustituirlo por un modelo sistémico cónsono con la complejidad de las realidades del mundo actual.
Palabras Clave: paradigma, epistemología, conocimiento, ciencia, racionalidad, incercia mental, enfoque sistémico.
 
1. Visión de Conjunto
 
       El gran físico Erwin Schrödinger, Premio Nobel por su descu­brimiento de la ecua­ción fundamental de la mecánica cuántica (base de la física moderna), considera que la ciencia actual nos ha conducido por un callejón sin salida y que la actitud científica ha de ser recons­truida, que la ciencia ha de reha­cerse de nuevo (1967)
       El modelo de ciencia que se originó después del Rena­cimiento sirvió de base para el avance científico y tecno­lógi­co de los siglos posteriores. Sin embar­go, la explosión de los conocimientos, de las disciplinas, de las especiali­dades y de los enfoques que se ha dado en el siglo xx y la reflexión epistemológica encuentran ese modelo tradicional de ciencia no sólo insuficiente, sino, sobre todo, inhibi­dor de lo que podría ser un verdadero progreso, tanto particular como integrado, de las diferentes áreas del saber.
       Por todo ello, conviene enfatizar que esta situación no es algo superficial, ni coyuntural; el problema es mucho más profundo y serio: su raíz llega hasta las estructuras lógicas de nuestra mente, hasta los procesos que sigue nuestra razón en el modo de conceptualizar y dar sentido a las realidades; en consecuencia, este problema desafía nuestro modo de entender, reta nuestra lógica, reclama un alerta, pide mayor sensibilidad intelectual, exige una actitud crítica constante, y todo ello bajo la amenaza de dejar sin rumbo y sin sentido nuestros conocimientos considerados como los más seguros por ser “científicos”. El conocimiento no es, en pocas palabras, un reflejo especular de “lo que está allá afuera”; el conocimiento es el resultado de un elaboradísimo proceso de interacción entre un estímulo sensorial (visual, auditivo, olfativo, etc. o un contenido de nuestra memoria) y todo nuestro mundo interno de valores, intereses, creencias, sentimientos, temores, etc.
       De esta manera, el problema principal que enfrenta actualmente la investigación y su metodología, tiene un fondo esencialmente epistemológico, pues gira en torno al concepto de “conocimiento” y de “ciencia” y la respetabilidad científica de sus productos: el conocimiento de la verdad y de las leyes de la naturaleza. De aquí, la aparición, sobre todo en la segunda parte del siglo xx, de las corrientes postmodernistas, las postestructuralistas, el construccionismo, el desconstruccionismo, la teoría crítica, el análisis del discurso, la desmetaforización del discurso y, en general, los planteamientos que formula la teoría del conocimiento.
       Nuestro objetivo fundamental, aquí, será clarificar e ilustrar que el problema reside en el concepto restrictivo de “cientificidad” adoptado, especialmente en las ciencias humanas, que mutila la legitimidad y derecho a existir de una gran riqueza de la dotación más típicamente humana, como los procesos que se asientan en el uso de la libertad y de la creatividad. Esta gran riqueza de dotación exige en el investigador, por un lado, una gran sensibilidad en cuanto al uso de métodos, técnicas, estrategias y procedimientos para poder captarla, y, por el otro, un gran rigor, sistematicidad y criticidad, como criterios básicos de la cientificidad requerida por los niveles académicos.
       Este espacio lo han ido tratando de ocupar, a lo largo de la segunda parte del siglo xx, las metodologías cualitativas(cada una en su propio campo y con su especificidad)para lograr conocimientos defendibles epistemológica y metodológicamente ante la comunidad científica internacional.
       En el ámbito de la experiencia total humana, existe una “experiencia de verdad” (Gadamer, 1984), una vivencia con certeza inmediata, como la experiencia de la filosofía, del arte y de la misma historia, que son formas de experiencia en las que se expresa una verdad que no puede ser verificada con los medios de que dispone la metodología científica tradicional. En efecto, esta metodología usa, sobre todo, lo que el Premio Nobel John Eccles (1985) llama el etiquetado verbal, propio del hemisferio izquierdo, mientras que la experiencia total requiere el uso de procesos gestálticos y estereognósicos, propios del hemisferio derecho.
       Según la Neurociencia actual, nuestro sistema cognoscitivo y el afectivo no son dos sistemas totalmente separados, sino que forman un solo sistema, la estructura cognitivo-emotiva; por ello, es muy comprensible que se unan lo lógico y lo estético para darnos una vivencia total de la realidad experienciada. Esto, naturalmente, no desmiente el hecho de que predomine una vez uno y otra el otro, como constatamos en la vida y comportamiento cotidiano de las personas. El mismo Einstein, por ej., nos dice que la ciencia no busca tanto el orden y la igualdad entre las cosas cuanto unos aspectos todavía más generales del mundo en su conjunto, tales como “la simetría”, “la armonía”, “la belleza”, y “la elegancia”, aun a expensas, aparentemente, de su adecuación empírica. Así es como él vio la teoría general de la relatividad. En efecto, Hans Reichenbach (miembro del Círculo de Viena) reporta una conversación que tuvo con Einstein: “Cuando yo, en cierta ocasión, le pregunté al profesor Einstein cómo encontró la teoría de la relatividad, él me respondió que la encontró porque estaba muy fuertemente convencido de la armonía del universo” (citado en Rogers, 1980, p. 238).
       El problema radical que nos ocupa aquí reside en el hecho de que nuestro aparato conceptual clásico –que creemos riguroso, por su objetividad, determinismo, lógica formal y verificación– resulta corto, insuficiente e inadecuado para simbolizar o modelar realidades que se nos han ido imponiendo, sobre todo a lo largo del siglo xx, ya sea en el mundo subatómico de la física, como en el de las ciencias de la vida y en las ciencias humanas. Para representarlas adecuadamente necesitamos conceptos muy distintos a los actuales y mucho más interrelacionados, capaces de darnos explicaciones globales y unificadas.
       Por ello, los estudios epistemológicos, sobre todo, se han convertido en el cen­tro de una esperanza de amplio al­cance. Los aportes que ellos están produciendo en muy diferentes escenarios del mundo inte­lec­tual pueden despejar el hori­zonte nu­blado y borroso que nos rodea. Así, a todo nivel, pero, en las ciencias humanas sobre todo –relacionadas con el estudio del hombre: su desarrollo, educación, aspectos psicológicos, sociológicos, culturales, éticos y espirituales–, desde mediados del siglo xx en adelante, se han replan­teado en forma crítica las bases epistemológicas de los métodos y de la misma ciencia. En la actividad académica se ha vuelto imperioso desnudar las contradicciones, las aporías, las antinomias, las paradojas, las parcialidades y las insuficiencias del paradigma que ha dominado el conocimiento científico en los últimos tres siglos.
       Esta nueva sensibilidad se revela también, a su manera, en diferentes orientaciones del pensamiento actual, como las señaladas (la teoría crítica, la condición postmoderna, etc.) y a un uso mayor y más frecuente de la hermenéutica y de la dialéctica, e igualmente en varias orientaciones metodológicas, como las metodologías cualitativas, la etnometodología, el interaccionismo simbólico, la teoría de las representaciones sociales, etc., y vendría a significar el estado de la cultura después de las transfor­maciones que han afectado a las reglas del juego de la cien­cia, de la literatura y de las artes, que han imperado durante la llamada “modernidad”, es decir, durante los tres últimos siglos.
       Sin embargo, la ilimitada potencialidad que tiene la mente huma­na queda frus­trada en la práctica, en la mayo­ría de los seres humanos, debido a los hábitos y ruti­nas men­tales a que restringe su actividad. Por ello, en esta exposición, trataremos de ilustrar y hacer énfasis, sobre todo, en la naturaleza de la inercia mental, en la pertinencia epistemológica (con su enfoque sistémico y nuevas matemáticas) y, por último, en la importancia y necesidad de la relación dialógica y ética de la epistemología.
 
2. Naturaleza de la Inercia Mental
       Los estudios avanzados, de cuarto nivel, –ya sean de es­pecia­liza­ción, maestría, doctora­do o postdoctorado–, aunque se colo­quen en niveles dife­rentes, comparten una idea central: ubican a sus alumnos en las fronteras del conocimiento y tratan de habili­tarlos mentalmente para ampliarlas. Pero esta tarea se enfren­ta con un obs­táculo básico, la inercia mental.
     En efecto, la dinámica psicológica de nuestra ac­tivi­dad intelectual tiende a seleccionar, en cada observa­ción, no cualquier realidad potencialmente útil, sino sólo aquella que posee un significado personal. Este significa­do “personal” es fruto de nuestra formación previa, de las ex­pectativas teoré­ticas adquiridas y de los valores, actitudes, cre­encias, necesi­da­des, intereses, ideales y temores que haya­mos asimilado. De este modo, podemos decir que tendemos a ver lo que espera­mos ver, lo que estamos acostumbrados a ver o lo que nos han sugerido que veremos. Y, así, realmen­te no conocemos hasta dónde lo que percibi­mos es producto de nosotros mis­mos y de nuestras expecta­tivas culturales y sugestiones acep­tadas.
       En sentido técnico, diremos que en toda observación preexisten unos factores estructurantes del pensamiento, una realidad mental fundante o consti­tuyente, un trasfondo u horizonte previo, en los cuales se inserta, que le dan un sentido. De aquí, la necesidad de tomar conciencia de nues­tros presu­puestos epistemológi­cos y del papel que jue­gan en nuestra percepción y adquisición de conocimien­tos.
       Merleau-Ponty (1976), muy consciente de esta realidad, la con­cretó diciendo que “estamos condenados al significado”. En efecto, la estructura cognoscitiva, es decir, la masa apercepti­va previa de nuestra mente o matriz existente de ideas ya sistematizadas, moldea, informa y da estructura a lo que entra por nuestros sentidos; y no podría ser de otra forma, ya que si pudiéramos anular esa masa de apercepción, nuestra mente, como la del niño, apenas trascendería lo mera­mente físico, y... no veríamos nada.
       A los que no aceptaban esta realidad, en su tiempo, Nietz­sche les decía irónicamente que era porque “creían en el dogma de la inmacula­da percepción”. En efecto, él afir­maba que “no existían hechos, sólo interpretaciones”.
       Aplicado al campo de la investigación, todo esto se con­creta en la tesis siguiente: no hay percepción humana inma­culada; no existen hechos objetivos invio­lables o no inter­pre­ta­dos; toda observación, por muy cien­tífica que sea, está “cargada de teoría” (Hanson, 1977) y, debido a que se en­cuentra ordenada y estructurada, es también una cognición, y no sólo un material para un conoci­miento pos­terior. Pop­per (1973) afirma que “la teoría domina el tra­bajo experi­mental desde su planifica­ción inicial hasta los toques fi­nales en el laborato­rio”. En efecto, ésta nos guía para tomar decisiones sobre qué observar y en qué condicio­nes hacerlo, qué facto­res investigar y cómo controlarlos, qué errores se pueden esperar y cómo manejar­los, cómo regu­lar un instrumento y cómo inter­pretar una lectura y, sobre to­do, cómo interpretar los resultados finales.
       Debemos tomar conciencia de que todo entrenamiento constituye siem­pre, e ineludiblemente, una cierta “incapa­cidad entrenada”, es decir, que cuanto más aprendemos cómo hacer algo de una determinada manera, más difícil nos re­sulta después aprender a hacerlo de otra; debido a ello, la función de la experiencia puede ser tanto un estímulo como también un freno para la verdadera innova­ción y creativi­dad. El estudiante de postgrado, por ejemplo, –que, por ser tal, trabaja en las fronteras del conoci­mien­to– es, por definición, un investiga­dor y, por consi­guiente, debe ser también un gran “pensador” en un área específica del saber, una persona que no cree en varitas mágicas o trucos para resolver los problemas, que utiliza métodos y técnicas, pero que asimis­mo desconfía de ellos, que se deja llevar por una teoría de la racionali­dad, pero piensa que puede también haber otra u otras.
       De una manera particular, las rutinas mentales que auto­matizan la vida y anulan el pensamiento, están en a­bier­ta contradicción con los estudios avanza­dos. La e­piste­mología actual nos hace ver que persisten en la cien­cia tradicional muchas actitudes y procedimien­tos que, ri­guro­samente ha­blando, sólo podemos ubicar en el terreno de los hábitos mentales. Así se deben calificar, en las cien­cias humanas, las explicaciones causales lineales cuando se les otorga un valor absoluto (ya que carecen de evidencia), las leyes de probabi­li­dad (que son leyes estocásticas, es decir, que sólo indican una tendencia), la ple­na objetividad (que no existe), la inferen­cia inductiva (que es injustifica­ble), la verificación empírica (que es impo­sible) y otros aspectos centrales de la ciencia clásica cuando se cree ciegamente en ellos (Martínez M., 1989b).
       Siempre vivimos y nos movemos dentro de una matriz epistémica, como el pez en su agua, pues llevamos toda una cultura a cuestas. La matriz epistémica, en efecto, es el trasfondo existencial y vivencial, el mundo de vida y, a su vez, la fuente que origina y rige el modo general de cono­cer, propio de un de­terminado período histórico-cul­tural y ubicado también dentro de una geografía específica, y, en su esen­cia, consiste en el modo propio y peculiar, que tiene un grupo huma­no, de asignar signi­ficados a las cosas y a los even­tos, es de­cir, en su capacidad y forma de simbo­lizar la reali­dad. En el fondo, ésta es la habili­dad espe­cífica del homo sa­piens, que, en la dialéc­tica y proce­so histórico-social de cada grupo étnico, ci­viliza­ción o cul­tura, ha ido gene­rando o estructuran­do su matriz episté­mi­ca.
       La matriz epistémica, por consiguiente, sería un sistema de condicio­nes del pensar, prelógico o preconceptual, gene­ralmente inconsciente, que consti­tuiría “la misma vida” y “el modo de ser”, y que daría origen a una Weltans­chauung o cosmo­vi­sión, a una mentalidad e ideología, a una idiosincrasia y talante específicos, a un Zeit­geist o espíritu del tiempo, a un paradigma científico, a cierto gru­po de teorías y, en último tér­mino, tam­bién a un método y a unas técnicas o estra­tegias adecua­das para investi­gar la naturaleza de una realidad natural o so­cial. Todo esto, en sus formas más extremas, puede convertirse en una espada de doble filo y también puede hacer que mucho de lo que nosotros consideramos como “conocimiento” pueda no ser más que una repetición de estereotipos, de “hábitos mentales”, o, peor todavía, de “rutinas mentales” ancladas neurofisiológicamente en el cerebro al estilo de los chips electrónicos, que empujan a algunos a perseguir entelequias o quimeras; esto sucede cuando se sostienen ideas sin tener a la mano o disponer de argumento alguno para defenderlas.
       No hay por consiguiente, pensamientos, ni conocimientos, y, mucho menos, ciencia (como conocimiento demostrable), que sean neutros, objetivos o incuestionables; todo estará abierto a la crítica, será revisable y cuestionable –aunque sea un Premio Nobel– bajo otros puntos de vista, enfoques y abordajes, y, sobre todo, con la adopción de otro paradigma, es decir, cambiando las reglas básicas de su lógica. Por ello, lo que debiéramos promover es la rigurosidad, sistematicidad y criticidad, que son los criterios que, desde Kant para acá, han constituido la “cientificidad”. Pero siempre habrá una posible posición superior supraordenada, de naturaleza ética, que nos permitirá ver mejor la realidad, como veremos más adelante.
 
3. Desconstrucción del Método Científico Tradicional
       La obra que dio origen al método científico tradicional y que sirvió de modelo axiomático-deductivo para la Mecánica y prototipo y ejemplo para todas las disciplinas –por su precisión conceptual, lógica, e iluminadoras aplicaciones– fue el libro de Heinrich Hertz[2][2] , Principios de la Mecánica (Die Prinzipien der Mechanik, 1894), expuesta en forma de “teoría de la mecánica como un cálculo axiomático”. El libro de Hertz presenta una imagen de la ciencia natural ideal, libre de toda divagación o complicación e irrelevancia intelectual. Todo matemático, físico o científico riguroso y exigente no podía menos de quedar prendado de su claridad, orden, linealidad y lógica excepcionales e, incluso, por una especie de encanto irresistible. Por esto, se trató de aplicar a todas las ciencias, incluso a las Ciencias Humanas, donde tenía un bajo nivel de aplicabilidad. En efecto, veamos lo que el mismo Hertz advierte prudente y sabiamente hacia el final de su larga Introducción:
 
      “Tenemos, no obstante, que hacer una reserva. En el texto hemos tomado la natural precaución de limitar expresamente el rango de nuestra mecánica a la naturaleza inanimada; y dejamos como una cuestión abierta el determinar hasta dónde se extienden sus leyes más allá de ésta. De hecho, no podemos afirmar que los procesos internos de la vida siguen las mismas leyes que los movimientos de los cuerpos inanimados, como tampoco podemos afirmar que sigan leyes diferentes. De acuerdo a la apariencia y a la opinión general parece que hay una diferencia fundamental (...). Nuestra ley fundamental, aunque puede ser suficiente para representar el movimiento de la materia inanimada, parece demasiado simple y estrecha para responder por los procesos más bajos de la vida. Creo que esto no sea una desventaja, sino más bien una ventaja de nuestra ley, porque mientras nos permite ver todo el dominio de la mecánica, también nos muestra los límites de este dominio” (p. 38) (cursivas añadidas).
 
       Las ideas básicas de Hertz fueron reforzadas bajo el punto de vista filosófico, por el Primer Wittgenstein con su obra Tratado Lógico-Filosófico (1973, orig.1921). El Tratado de Wittgenstein había tenido una aceptación indiscutible. La in­troduc­ción escrita por una autoridad como el filósofo inglés Bertrand Russell, le dio prestigio y fama. El Círculo de Viena (Moritz Schlick, Ru­dolf Carnap, Otto Neurath, Herbert Feigl, Kurt Gö­del, Carl Hem­pel, Hans Reichen­bach, Alfred Ayer, etc.), grupo de cientí­ficos-mate­máticos-filó­sofos que lide­ra­ba, a tra­vés de la re­vista ER­KENNTNIS (cono­cimiento), la filosofía de la cien­cia positivista y la difundía a nivel mun­dial, lo adoptó como texto de lectura y comentario para sus re­uniones periódicas durante dos años. El mayor valor que le vieron los positivistas residía en la idea central del Tratado: “el lenguaje representa (casi físicamente) la realidad”, es una “pintura” (Bild) de la realidad. Así, al tratar el lenguaje, pensa­ban que trataban directamente con la realidad.
       Pero desde 1930 en adelante, Wittgenstein comien­za a cues­tionar, en sus clases en la Universidad de Cam­bridge, sus pro­pias ideas, y a sostener, poco a poco, una posición que llega a ser radicalmente opuesta a la del Tratado: niega que haya tal relación directa en­tre una palabra o proposición y un objeto; afirma que las palabras no tienen referentes direc­tos; sos­tiene que los sig­ni­ficados de las pala­bras o de las proposiciones se encuentran determina­dos por los diferen­tes contextos en que ellas son usa­das; que los signifi­cados no tienen linderos rígidos, y que éstos están forma­dos por el contor­no y las cir­cunstan­cias en que se emplean las pala­bras; que, consi­guien­temente, un nombre no puede re­pre­sen­tar o estar en lugar de una cosa y otro en lugar de otra, ya que el referente par­ticu­lar de un nombre se halla deter­minado por el modo en que el término es usado. En resu­men, Wittgenstein dice que “en el lenguaje jugamos jue­gos con pala­bras” y que usamos a éstas de acuerdo con las re­glas con­venciona­les prees­tablecidas en cada lenguaje (Inves­tiga­ciones Filosóficas, 1969,orig.1953). Y, más concretamente, Wittgenstein está ahora siguiendo ya las normas de la semiótica, como teoría general del significado, y, específicamente, la llamada pragmática. Por ello, comienza a referirse a sus antiguas ideas como “mi viejo modo de pensar”, “la ilusión de que fui víctima”, etc.
       Debido a los arduos debates epistemológicos durante las cinco primeras décadas del siglo xx, en la década de los años 60 se desarrollan 5 Simposios Internacionales sobre Filosofía de la Ciencia, para estudiar a fondo este extremadamente difícil problema, que constituía un auténtico cambio de paradigma epistémico.
       La obra de F. Suppe (1979), especie de Actas del Simposio Internacional sobre la Estructura de las Teorías Científicas (Universidad de Chicago, 1969), reseña el excelente trabajo realizado, sobre todo, en el último de estos simposios (1969). En el Postscriptum (pp. 656-671) –que sintetiza las ideas centrales del mismo– Toulmin enfatiza el desmoronamiento de las tesis básicas del positivismo lógico. Algunas de ellas (las básicas) o sus referentes son las siguientes:
 
● la incongruencia conceptual entre conceptos o principios teóricos y su pretendida fundamentación en “observa­ciones sensoriales directas”;
● la interpretación usual de las reglas de correspondencia, como definiciones operacionales de términos teóricos, es insatisfactoria, ya que esas reglas sólo vinculan unas palabras con otras palabras y no con la naturaleza;
● que “no tratemos los formalismos matemáticos como si fueran verdades fijas que ya poseemos, sino como una extensión de nuestras formas de lenguaje (...) o como figuras efímeras que podemos identificar en las nubes (tales como caballos, montañas, etc.)” (David Bohm (físico más famoso en la década de los años 60), p. 437);
● que no se tome como espejo ni se extrapole la ciencia de la mecánica (que es muy excepcional, como modelo matemático puro), a otras ciencias naturales cuyos conceptos forman agregados o cúmulos atípicos, asistemáticos y no axiomáticos;
● la preferencia de modelos taxonómicos, icónicos, gráficos, computacionales, etc., en lugar de los axiomáticos, para varias ciencias;
● la idea de que una ciencia natural no debe ser considerada meramente como un sistema lógico, sino, de modo más general, como una empresa racional, que tolera ciertas incoherencias, inconsistencias lógicas e, incluso, ciertas contradicciones;
● el señalamiento de que el defecto capital del enfoque positivista fue la identificación de lo racional (mucho más amplio) con lo meramente lógico;
●   y, en fin, que “ha llegado la hora de ir mucho más allá de la imagen estática, instantánea, de las teorías científicas a la que los filósofos de la ciencia se han autolimitado durante tanto tiempo”, ya que la concepción heredada, con el positivismo lógico que implica, “ha sido refutada” (p. 16), “es fundamentalmente inadecuada e insostenible y debe sustituirse” (pp. 89, 145), ha sufrido “un rechazo general” (p. 89), y, por ello, “ha sido abandonada por la mayoría de los filósofos de la ciencia” (p. 149).
 
       Según Echeverría (1989, p. 25), este simposio, con estas y otras muchas ideas, “levantó el acta de defunción de la concepción heredada (el positivismo lógico), la cual, a partir de ese momento, quedó abandonada por casi todos los epistemólogos”, debido, como señala Popper (1977, p. 118), “a sus dificultades intrínsecas insuperables”.
       De igual manera, conviene oír la solemne declaración pronun­ciada más recien­temente (1986) por James Lighthill, pre­sidente de la Inter­national Union of Theoretical and Ap­plied Mechanics, es decir, la Sociedad Internacional actual de la Mecánica, a cuya afiliación ideológica perteneció el mismo Hertz.
 
   Aquí debo detenerme y ha­blar en nom­bre de la gran Frater­nidad que formamos los ex­pertos de la Mecánica. Somos muy conscien­tes, hoy, de que el entusiasmo que ali­mentó a nues­tros pre­decesores ante el éxito maravi­lloso de la mecáni­ca newto­niana, los condujo a hacer gene­raliza­cio­nes en el do­minio de la predictibi­lidad (...) que recono­ce­mos ahora como fal­sas. Queremos colecti­vamente pre­sentar nuestras excu­sas por haber inducido a error a un público culto, di­vulgan­do, en relación con el determi­nismo de los sistemas que satisfacen las leyes new­tonianas del movimiento, ideas que, después de 1960, se han demostra­do inco­rrectas (p. 38).
 
       Esta confesión no necesita comentario alguno, pues, como dice el lema de la justicia procesal, “a confesión de reo, relevo de pruebas”.
 
4 Aporte de la Neurociencia Actual
       Entre los aportes de la Neurociencia actual, es de máxima importancia el que esclarece el proceso de atribución de significados. Así, por ejemplo, los estudios sobre la transmisión neurocerebral nos señalan que, ante una sensación visual, auditiva, olfativa, etc., antes de que podamos decir “es tal cosa”, se da un ir y venir, entre la imagen o estímulo físico respectivos y el centro cerebral correspondien­te, de cien y hasta mil veces, dependien­do del tiempo empleado. Cada uno de estos “viajes” de ida y vuelta tiene por finalidad ubicar o insertar los elementos de la imagen o estímulo sensible en diferentes contextos de nuestro acervo mnemónico buscándole un sentido o un significado. Pero este sentido o significado será muy diferente de acuerdo a ese “mundo interno personal” y la respectiva estructura en que se ubica: valores, actitudes, creen­cias, necesidades, intereses, idea­les, temores, etc.
       Popper y Eccles (Eccles es Premio Nobel por sus hallazgos sobre la transmisión de la información neuronal), en su famosa obra El yo y su cerebro (1985), tratando de precisar “uno de los elementos clave de su epistemología”, seña­lan que
 
      no hay “datos” sensoriales; por el contra­rio, hay un reto que llega del mundo sentido y que en­tonces pone al cere­bro, o a noso­tros mis­mos, a trabajar sobre ello, a tra­tar de inter­pretar­lo (...). Lo que la mayo­ría de las per­sonas conside­ra un simple “dato” es de hecho el resul­tado de un ela­bo­radísi­mo pro­ce­so. Nada se nos “da” directa­men­te: sólo se llega a la percep­ción tras mu­chos pa­sos, que entrañan la inter­acción entre los estí­mulos que llegan a los sentidos, el aparato in­ter­pretati­vo de los mismos y la estruc­tura del cerebro. Así, mien­tras el término “dato de los sen­tidos” sugie­re una prima­cía en el pri­mer paso, yo (Popper) suge­riría que, antes de que pueda darme cuen­ta de lo que es un dato de los sen­ti­dos para mí (antes incluso de que me sea “da­do”), hay un cente­nar de pasos de toma y dame que son el resulta­do del reto lanzado a nues­tros sentidos y a nuestro cere­bro (...). Toda expe­rien­cia está ya interpre­ta­da por el sistema nervio­so cien –o mil– veces antes de que se haga experiencia cons­ciente (pp. 483-4).
 
5. Hacia un Nuevo Paradigma Epistémico
       Hoy día, para­dójica­mente, en un momento en que la ex­plosión y el volumen de los conocimientos pare­cieran no tener lími­tes, no solamente estamos ante una crisis de los fun­da­mentos del conocimien­to científico, sino también del filo­sófi­co, y, en general, ante una crisis de los fun­damentos del pensa­mien­to. Esta situación nos impone a todos un deber histórico ine­ludible, especialmente si hemos abrazado la noble profesión y misión de enseñar.
       El espíritu de nuestro tiempo está ya impulsándonos a ir más allá del simple objetivismo y relativismo. Una nueva sen­sibilidad y universalidad del discurso, una nueva racio­na­li­dad, está emergiendo y tiende a integrar dialéctica­men­te las dimensiones empíricas, interpretativas y críticas de una o­rientación teorética que se dirige hacia la actividad prác­tica, una orientación que tiende a integrar el “pensa­miento calcu­lante” y el “pensamiento reflexivo” de que habla Heideg­ger, un proceso dia-lógico en el sentido de que sería el fruto de la simbio­sis de dos lógicas, una “digi­tal” y la otra “analógica”, como señala Morin (1984).
       Pero el mundo en que hoy vivimos se caracteriza por sus interconexiones a un nivel global en el que los fenóme­nos físicos, biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente interdependientes. Para describir este mundo de manera adecuada necesitamos una perspectiva más amplia, holista y ecológica que no nos pueden ofrecer las concepciones reduccionistas del mundo ni las diferentes disciplinas aisladamente; necesitamos una nueva visión de la realidad, un nuevo “paradigma”, es decir, una transfor­mación fundamental de nuestro modo de pensar, de nuestro modo de percibir y de nuestro modo de valorar.
       En fin de cuentas, eso es también lo que requiere la comprensión de la naturaleza humana de cada uno de noso­tros mismos, ya que somos un “todo físico-químico-biológi­co-psico­lógico-social-cultural-espiritual” que funcio­na maravillo­samente y que constituye nuestra vida y nuestro ser. Por es­to, el ser huma­no es la estructura dinámica o sis­tema integrado más complejo de todo cuanto existe en el uni­verso. Y cualquier área que nosotros cultivemos debiera tener en cuenta y ser respaldada por un paradigma que las integre a todas.
       Un paradigma científico puede definirse como un prin­cipio de distincio­nes-relaciones-oposiciones fundamentales entre algunas nociones matrices que generan y controlan el pensamiento, es decir, la constitución de teorías y la pro­ducción de los discursos de los miem­bros de una comunidad científica determi­nada (Morin, 1982). El paradigma se con­vierte, así, en un principio rec­tor del conocimiento y de la existencia humana. De aquí nace la intraducibilidad y la incomunicabilidad de los diferentes paradigmas y las dificultades de comprensión entre dos personas ubicadas en paradigmas alternos. Pensemos en lo que le costó a la cultura occidental pasar del geocentrismo al heliocentrismo, o superar el concepto tan arraigado de la esclavitud.
       Un conocimiento de algo, sin referencia y ubicación en un estatuto epis­temológico que le dé sentido y proyección, queda huérfano y resulta ininteli­gible; es decir, que ni si­quiera se­ría conocimiento. En efecto, conocer es siempre aprehender un dato en una cierta fun­ción, bajo una cierta relación, en tanto significa algo den­tro de una determinada estructura.
       Todo método, por lo tanto, está inserto en un paradigma; pero el paradig­ma, a su vez, está ubicado dentro de una estructura cognoscitiva o marco gene­ral filosófico o, sim­plemente, socio-histórico. Esto hay que ponerlo en evidencia. Pero esta tarea equivale a descubrir las raíces epistemológicas o etno-epistémicas de la cultura occidental, o de otras culturas que, a su vez, generan saberes alternos. En nuestro caso, por ej., de Hispanoamérica, es relativamente posible rastrear sus componentes, pues no habían transcurrido 60 años del momento en que Colón llegó a estas tierras, cuando España ya había creado tres Universidades al estilo y con las prerrogativas de la de Salamanca (en Sto Domingo, Oct. 1538; en Lima, Mayo 1551; y en México, Sept. 1551); y cuando Inglaterra creó la primera en sus colonias (la de Harvard, en 1636), ya España había fundado trece en la suyas. Igualmente, es muy indicativo el hecho de que el primer ferrocarril que construyó España no fue en su propia geografía, sino en la Isla de Cuba.
       Aunque tengamos una rica experiencia, una amplia formación y un trabajo profesional competente, aunque seamos, incluso, investigadores expertos, difícilmente podremos evadir la búsqueda del método adecuado para estudiar apropiadamen­te muchos temas desafiantes y, quizá, tendremos que constatar que ningún método disponi­ble resulta compatible con la experiencia que vivimos.
       Ante esta situación, tendremos que penetrar más profundamente y buscar nuevos métodos: métodos que lleguen a la estructura íntima de los temas vitales desafiantes, que los capten como son vividos en su concreción; pero estos métodos llevarán siempre implícito un desafío epistemológico.
       Muy bien pudiera resultar, de estos análisis, una gran in­coherencia lógica e intelectual, una gran inconsistencia de nuestros conocimientos consi­derados como los más sólidos y que muchos aspectos de nuestra ciencia pudieran tener una vi­gencia cuyos días estén conta­dos.
       Si el conocimiento se entiende como arti­cu­lación de toda una es­truc­tura epistémi­ca, nadie ni nada podrá ser eximido –llá­mese investigación, programa, profesor o alumno–, de afrontar los arduos problemas que pre­sen­ta la epis­temología crítica. Lo contrario sería conver­tir a nuestros alumnos en sim­ples autómatas que hablan de memoria y repiten ideas y teorías o aplican métodos y téc­nicas en­tonte­cedores y hasta cretinizantes, con los cuales cierta­mente colapsarán y por los cua­les podrían ser arras­tra­dos hacia el vacío cuando una vuelta de la histo­ria, como la que he­mos presenciando no hace mucho en los paí­ses de la Euro­pa Orien­tal, mueva los fundamentos epistémi­cos de todo el edi­ficio. La UNESCO lleva varios años alertando sobre esto y solicitando que se revisen los planes de estudio de todas las carreras.
       Como dice Beynam (1978), “actual­mente vivimos un cambio de paradig­ma en la ciencia, tal vez el cambio más grande que se ha efectuado hasta la fecha... y que tiene la ventaja adicional de derivarse de la van­guardia de la física contem­poránea”. Está emergiendo un nuevo paradigma que afecta a todas las áreas del conoci­miento. La nueva ciencia no rechaza las aportaciones de Galileo, Descartes o Newton, sino que las integra en un contexto mucho más amplio y con mayor sentido, en un paradigma sistémico.
       La natura­leza íntima de los sis­temas o es­tructuras di­ná­mi­cas, en efecto, su enti­dad esencial, está cons­titui­da por la rela­ción entre las partes, y no por éstas tomadas en sí. La relación es una entidad emergente, nueva. El punto crucial y limitante de nuestra matemática tradicional, por ej., se debe a su carácter abstracto, a su incapacidad de captar la entidad relacional. La abstracción es la posibilidad de considerar un objeto o un grupo de objetos desde un solo punto de vista, prescindiendo de todas las restantes particu­laridades que pueda tener
       El enfoque sistémico es indispensable cuando tratamos con estructuras dinámicas o sistemas que no se componen de elementos homogéneos y, por lo tanto, no se le pueden aplicar las cuatro leyes que constituyen nuestra matemática actual sin desnaturalizarlos, la ley aditiva de elementos, la conmutativa, la asociativa y la distributiva de los mismos, pues, en realidad, no son “elementos homogéneos”, ni agregados,  ni “partes”, sino constituyentes de una entidad superior; las realidades sistémicas se componen de elementos o constituyentes heterogéneos, y son lo que son por su posición o por la función que desempeñan en la estructura o sistema total; es más, el buen o mal funcionamiento de un elemento repercute o compromete el funcionamiento de todo el sistema: ejemplos de ello los tenemos en todos los seres vivos y aun en la tecnología, como el estrepitoso fracaso del Challenger o del Arianne V, debidos, respectivamente, a una superficie exterior no cuidada o a los “tiempos” de una computadora. En general, podríamos señalar, como una especie de referente clave, que la matemática trabaja bien con objetos constituidos por elementos homogéneos y pierde su capacidad de aplicación en la medida en que éstos son de naturaleza heterogénea, donde entra en acción lo cualitativo.
       El gran biólogo Ludwig von Bertalanffy dice que desde el átomo hasta la galaxia vivimos en un mundo sistémico, y señaló (en 1972) que para entender matemáticamente, por ej., los conceptos biológicos de diferenciación, desarrollo, equifinalidad, totalidad, generación, etc. (todos sistémicos) necesitaríamos unas “matemáticas gestálticas, en las que fuera fundamental, no la noción de cantidad, sino la de relación, forma y orden. Hoy en día, ya se han desarrollado mucho estas matemáticas. Se conocen con los nombres de “matemáticas de la complejidad”, “teoría de los sistemas dinámicos” o “dinámica no-lineal”, que trabajan con centenares de variables interactuantes e intervinientes durante los procesos con la cuarta dimensión “tiempo”. Se trata de unas “matemáticas más cualitativas que cuantitativas”. En ellas se pasa de los objetos a las relaciones, de las cantidades a las cualidades, de las substancias a los patrones. Su práctica es posible gracias a los ordenadores de alta velocidad que pueden ahora resolver problemas complejos, no-lineales (con más de una solución), antes imposibles, graficar sus resultados en curvas y diagramas para descubrir patrones cualitativos (sin ecuaciones ni fórmulas), guiados por los llamados “patrones atractores” (es decir, que exhiben tendencias).
       Lo sorprendente de esto es que nuestro hemisferio cerebral derecho trabaja en gran parte de la misma forma e, incluso, con una velocidad superior. En tiempos pasados, la orientación científica exigía que se cuantificara el objeto de estudio, que se matematizara, aunque no fuera mensurable; hoy es la Matemática la que ha tenido que respetar y adecuarse a la verdadera naturaleza del objeto, para captarlo como es, en su genuina y compleja naturaleza. Pareciera que la pretensión anterior, que quería cuantificarlo todo, aun lo que no era matematizable, ha ido cambiando hacia un mayor respeto a la naturaleza de las realidades que no son matematizables. Como es natural, el instrumento (las matemáticas) es el que debe adaptarse al objeto de estudio y no al revés, como ya nos señaló Aristóteles; (ver las matemáticas cualitativas de que nos habla Fritjof Capra en su nueva obra La trama de la vida (2003, espclte cap. 6).
       El pensamiento sistémico comporta, además, un cambio de la ciencia objetiva a la ciencia epistémica, es decir, se tiene en cuenta la posición personal del sujeto investigador, como el físico tiene en cuenta la temperatura del termómetro que usa.
       La comprensión de toda entidad que sea un sistema o una estructura dinámica requiere el uso de un pensamiento o una lógica dialécticos, no le basta la relación cuantitativo-aditiva y ni siquiera es suficiente la lógica deductiva ya que aparece una nueva realidad emergente que no existía antes, y las propiedades emergentes no se pueden deducir de las premisas anteriores. Estas cualidades no están en los elementos sino que aparecen por las relaciones que se dan entre los elementos: así surgen las propiedades del agua, que no se dan ni en el oxígeno ni en el hidrógeno por separado; así aparece o emerge el significado al relacionarse varias palabras en una estructura lingüística; así emerge la vida por la interacción de varias entidades físico-químicas, etc.
       El principio de exclusión del físico cuático Wolfgang Pauli, por su parte, estable­ció, desde 1925, que las “leyes-sistemas” no son deriva­bles de las le­yes que rigen a sus componen­tes. Las propiedades que exhibe, por ej., un átomo en cuanto un todo, se gobiernan por leyes no relacionadas con aquellas que rigen a sus “partes separadas”; el todo es entendido y ex­plicado por concep­tos característicos de niveles superiores de organización. Y este principio se extiende a todos los sistemas o estructuras dinámicas que constituyen nuestro mundo: sistemas atómicos, sistemas moleculares, sistemas celulares, sistemas biológicos, psicológicos, sociológicos, culturales, etc. La naturaleza de la gran mayoría de los entes o realidades es un todo polisistémico que se rebela cuando es reducido a sus elementos. Y se rebela, precisamen­te, porque así, reducido, pierde las cualidades emergentes del “todo” y la acción de éstas sobre cada una de las partes.
       Por todo ello, nunca entenderemos, por ej., la pobreza de una familia, de un barrio, de una región o de un país en forma aislada, desvinculada de todos los demás elementos con que está ligada, como tampoco entenderemos el desempleo, la violencia o la corrupción, por las mismas razones; y menos sentido aun tendrá la ilusión de querer solucionar alguno de estos problemas con simples y aisladas medidas.
       Es de esperar que el nuevo paradigma emergente sea el que nos permita superar el realismo ingenuo, salir de la as­fi­xia reduccio­nista y entrar en la lógica de una coheren­cia inte­gral, sis­témica y ecológica, es decir, entrar en una ciencia más universal e integradora, en una ciencia verdade­ramente inter- y trans-disciplinaria, como lo propone la UNESCO, donde los diversos puntos de vista, enfoques y abordajes puedan cultivarse a través de un profundo diálogo y ser integrados en un todo coherente y lógico.
       En consecuencia, cada disciplina deberá hacer una revi­sión, una reformula­ción o una redefinición de sus propias estructu­ras lógicas individuales, que fueron estableci­das aislada e independien­temente del sistema total con que inte­ractúan, ya que sus conclusiones, en la medida en que hayan cortado los lazos de interco­nexión con el sistema global de que forman parte, serán parcial o totalmente inconsistentes.
       Estamos poco habituados todavía al pensamiento “sisté­mi­co-ecológico”. El pensar con esta categoría básica, cambia en gran me­dida nuestra apreciación y conceptualiza­ción de la realidad. Nuestra mente no sigue sólo una vía causal, lineal, unidi­reccional, sino, tam­bién, y, a veces, sobre todo, un enfoque modular, estructural, dialéctico, gestáltico, estereognósico, interdisci­plinario, donde todo afecta e inte­r­actúa con todo, donde cada elemento no sólo se de­fine por lo que es o repre­sen­ta en sí mismo, sino, y especialmen­te, por su red de re­la­ciones con todos los de­más, y esa coheren­cia estructural, sistémica, se bastaría a sí mis­ma como princi­pio de inteligibi­lidad.
 
6. La dimensión dialógica y la actitud ética
       Un concepto básico que nos ayuda a entender la complejidad de nuestras realidades actuales es el pensamiento de excepcional significación que Aristóteles desarrolla a lo largo del Libro iv de su obra fundamental: la Metafísica. Dice Aristóteles que el ser no se da nunca a nadie en su totalidad, sino sólo según ciertos aspectos y categorías. Significa esto que toda entidad es poliédrica, es decir, tiene muchas caras, y sólo nos ofrece algunas de ellas, que corresponden a nuestro punto de vista, a nuestra óptica o perspectiva y a las categorías de que disponemos, pues nadie está dotado, como decían los romanos, del “ojo de Minerva”, del “ojo de Dios”, que lo ven todo al mismo tiempo.
       Esta situación nos obliga a utilizar, en nuestros métodos de investigación, el diálogo con otros puntos de vista –especialmente con los más contrarios y antagónicos– como condición indispensable para una visión más plena de las realidades. Frecuentemente hay quien trata de silenciar, y hasta de destruir, al que piensa lo contrario, de aniquilarlo, cuando, en definitiva, es aquel que más nos puede ayudar. Y la estrategia o táctica más perversa la tenemos en personajes como Goebbels, Ministro de Propaganda e Información de Hitler, que sostenía que no importaba cuál fuera la realidad objetiva, pues bastaba repetir una mentira 100 veces para que se convirtiera en realidad, “la realidad que nosotros queramos”. Goebbels terminó su vida suicidándose con toda su familia cuando los rusos entraron en Berlín.
       El uso del diálogo y de su lógica dialéctica, establece un acercamiento a la vida cotidiana que hace mucho más comprensible el proceso de adquirir conocimiento y de hacer ciencia, ya que se identifica con el proceso natural de la vida diaria. En efecto, nuestra mente trabaja dialécticamente como su forma natural de proceder: pues, ante toda decisión, sopesamos los pro y los contra, las ventajas y desventajas, decimos “sí…, pero”, “eso es cierto…, sin embargo”, “eso es verdad…, no obstante”, etc.; siempre aparece la tesis y la antítesis, que nos conducen, al final, a una síntesis, a través, como dice Paul Ricoeur (1969), de un “conflicto de interpretaciones”. Toda cultura y toda lengua usan continuamente estas ponderaciones dialécticas en su proceso de reflexión, que están muy lejos del simple principio de no contradicción de la lógica lineal o de la lógica matemática, lo cual indica que es algo supracultural, inherente a la naturaleza humana.
       Si el conocimiento es el resultado final de un complejo proceso dia-lógico o dia-léctico, donde intervienen, por un lado, los estímulos exteriores y, por el otro, la componente o factor interno (nuestros valores, creencias, intereses, sentimientos, etc., es decir, nuestra voluntad), es natural y lógico que la actitud ética juegue un rol determinante en la estructuración o construcción de ese conocimiento y de la ciencia (en cuanto ésta es un conocimiento demostrable: “scientia tantum valet quantum probat”).
       Ahora bien, la actitud ética, y su correspondiente parte práctica, la moral, se alcanzan, según Aristóteles, “desarrollando las dotes y facultades que cada ser humano tiene por su propia naturaleza, lo cual le permitirá lograr su mayor felicidad, en cuanto es su mayor perfección propia”.
       La puesta en práctica de una actitud ética, bajo el punto de vista cognitivo, vendría a ser algo así como observar la realidad de una pirámide de varias caras desde la cúspide, es decir, la adopción de una actitud recta, justa, imparcial, interesada en ver la realidad completa con los aportes y riqueza de cada una de las caras; en este caso, las caras incluirían un diálogo universalizable, es decir, un consenso moral y práctico entre todos los afectados por sus consecuencias y efectos. Éste es el contenido básico del “imperativo categórico” de Kant y el de la Ética que propone Habermas.
       Por todo ello, la dimensión o actitud ética de la ciencia vendría a ser una visión supraordenada,que estaríamuy por encima de una ciencia instrumentalizada, mediatizada y, en fin de cuentas, esclavizada a los intereses temporales o locales de sus usuarios, los cuales, en última instancia, serían, después, los esclavos de esa misma ciencia. Esta cúspide sería el referente ético fundamental, que han aceptado y suscrito, para su práctica, todas las naciones al firmar el Código de los Derechos Humanos, con el fin de dirimir, a un nivel supranacional, las posibles controversias entre ellas y con sus ciudadanos.
 
7. Conclusión
       La posible no­vedad del futuro nos exige una apertura mental sin límites, pero al mismo tiempo nos pide una crí­tica y sistematicidad altamente rigurosas. En esa dialécti­ca de una imaginación desbordada, por un lado, y un rigor crítico siste­mático, por otro, po­dre­mos encon­trar un futuro promisor para nues­tros ambientes universita­rios, lograr una verdadera y pertinente investigación y ayudar a solucionar los problemas que el país nos tiene planteados.
       Como vemos, todo el problema tiene un fondo esencialmente epistemológico. Pero la epistemología actual deberá ir logrando una serie de metas que pue­dan formar un conjunto de postulados generales, de alto nivel, que parezcan irrenunciables y que pudieran presentarse como los rieles de la Nueva Ciencia.Estos postulados, o principios básicos, relacionándolos con sus autores y proponentes, pudieran tomar la forma siguiente:
· “el ser no se da nunca a nadie en su totalidad, sino sólo según ciertos aspectos y categorías” (Aristóteles, Metaf. Lib. iv); 
· toda observación es relativa al punto de vista del observador: es la teoría la que decide lo que se puede observar (Einstein, 1905: ver Bronowski, 1979, p. 249);
·   toda observación afecta al fenómeno observado (Heisenberg, 1958);
·   no existen hechos, sólo interpretaciones (Nietzsche,1972);
·   estamos condenados al signi­ficado (Merleau-Ponty, 1975);
·   ningún lenguaje consistente puedecontenerlos medios necesarios para definir su propia semántica (Tarski, 1956);
·   ninguna ciencia está capacitada para demostrar científicamente su propia base (Descartes, 1983);
·   ningún sistema matemático puede probar los axiomas en que se basa (Gödel, en Bronowski, 1978, p. 85);
·   hay tantas realidades como puntos de vista (Ortega y Gasset);
·   la pregunta ¿qué es la ciencia? no tiene una respuesta científica (Morin, 1983).
       Estas ideas matrices conforman una plataforma y una base lógica conceptual para asentar un proceso de racionalidad con pretensión “científica” defendible hoy día epistemológicamente, pero coliden con los parámetros de la racionalidad científica clásica tradicional y postulan un nuevo paradigma epistémico (ver este paradigma en Martínez M, 1997a).
 
Referencias Bibliográficas
 
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[1][1]El Dr. Miguel Martínez M. es Profesor Titular (Jubilado) de la Universidad Simón Bolívar de Caracas (Venezuela) y responsable de la Línea de Investigación “Epistemología y Metodología Cualitativa”.
 E-mail: miguelm@usb.ve; Página de Internet: http://prof.usb.ve/miguelm.
Este trabajo fue presentado en el FORO ÉTICA Y CIENCIA, organizado por la Facultad de Ciencias de la Univ. Central de Venezuela, el 26-27 de Abril del 2006.
[2][2] Heinrich Hertz, gran humanista y científico, conocía 12 lenguas, descubrió las hondas electromagnéticas, llamadas en su honor hondas hertzianas, su medida (kilohertz, megahertz) y velocidad; también descubrió el fenómeno conocido como efecto fotoeléctrico.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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